Las mujeres hemos sostenido este mundo, el que vivimos ahora, y el que queda atrás, de todas las maneras. Nuestras conversaciones han tejido las vidas y vuelto palabra la cotidianidad. Nuestros hechos han sostenido su andamiaje. Durante siglos lo hemos hecho de manera silenciosa y, cuando no lo hicimos así, nuestras voces y nuestra presencia han sido convenientemente acalladas, silenciadas, olvidadas, desterradas.No ha pasado ni siquiera un siglo desde que empezamos a ejercer el derecho al voto de manera progresiva, porque no todas las naciones entraron al mismo tiempo. Nuestros derechos civiles y políticos son aún muy recientes en un mundo en el que ninguna historia. ni la escrita con H, ni las personales, familiares, íntimas, cercanas, hubiera sido posible sin nosotras las mujeres.Y todavía no estamos todas en la misma zona de consciencia y de derechos.En Mozambique prohibieron este ocho de marzo la manifestación feminista para "evitar el caos vehicular y la contaminación auditiva"; y miles de mujeres vivirán su día ocultando su cabello, sus piernas o su cuerpo bajo una peluca, una falda o un hiyad porque sus diversas religiones así lo imponen; y otras miles en tacones porque así lo exigen sus empresas,Y saldremos a la calle en muchos, muchísimos países, donde, a pesar de los derechos conseguidos, no reconocen y pagan nuestro trabajo en la misma proporción que a un hombre, ni nos dan las mismas oportunidades en igualdad de condiciones. Sin olvidar que ingresamos a la vida laboral, pero el trabajo doméstico sigue siendo considerado territorio exclusivamente femenino. La consciencia de la igualdad no ha hecho que los hombres en mayoría hagan también suyas las cocinas, los plumeros, los pañales....De manera que, feliz 8 de marzo para todas nosotras porque es un día para hacer visibles los logros que hemos alcanzado, pero también para renovar nuestro empeño en conquistar lo que nos falta; para que las mujeres de ahora, y también las del futuro, habitemos en un mundo cada vez más seguro para nosotras y también equilibrado.
lunes, 11 de marzo de 2019
Ocho de marzo
viernes, 8 de febrero de 2019
“Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar”
En memoria de Ricardo Alonso
Para Carmen Elisa Acosta
Nos sentamos en
sillas altas, de esas que no dejan que los pies toquen el suelo, y nos tomamos
un café. Era martes, mayo y el primero
de los cuatro únicos encuentros que tuvimos de manera presencial. Me exponía el
proyecto literario que era, quiero pensar que seguirá siendo, La Biblioteca del
Río.
Primero se
refirió al río que es el Magdalena. Lo había embrujado esa arteria fluvial que
atraviesa no sólo Colombia sino nuestra historia. Torre Gráfica, que también
era él, había ganado la convocatoria “Literaturas del Bicentenario. Estímulos
para la Producción Editorial Nacional” del Ministerio de Cultura.
Eso había sido
hacía siete años y desde entonces Diente de León, su sello editorial, había
publicado cinco novelas de autores que nutrieron sus relatos en las
tumultuosas, y también a veces apacibles, aguas del Magdalena.
La Maldición de
Manuel María Madiedo, publicada por entregas en el periódico El Mosaico entre
1859 y 1860; Tránsito, de Luis Segundo Silvestre, impresa en Bogotá en 1886, una
historia de amor y de costumbres en la Colombia de la segunda mitad del XIX; Y
otras canoas bajan por el río de Rafael Caneva una novela de contenido social
en la mitad del veinte; Pescadores del Magdalena, de Jaime Buitrago, publicada
en 1938, que podría servir para un estudio antropológico de este oficio; y La
Venturosa (1947), de Ramón Manrique, un viaje al río en el Tolima grande y
también al ambiente que había antes, durante y después de la guerra de los mil
días.
Luego me dijo
que Carmen Elisa Acosta, que era la directora editorial de la colección,
profesora del departamento de literatura de la Universidad Nacional, y también
su mujer, había hecho una recopilación de las obras de autores colombianos que
tenían este río como escenario. Eran
muchas, decenas. Y él estaba dispuesto a publicar todas las que se pudieran y a
que estuvieran a disposición de los lectores, ojalá en la red de bibliotecas
del país. Por eso estábamos allí. Porque
quería que En el brazo del río, de mi autoría, hiciera parte de La Biblioteca
del Río.
Antes de
despedirnos me llevó hasta el stand de la Universidad Nacional y buscamos
algunos libros de Carmen Elisa. Finalmente encontramos solo uno. No sólo era un editor convencido, con una
pasión por su trabajo que se reflejaba en sus palabras. Admiraba profundamente a su mujer y estaba
orgulloso de ello. Como de Irene su hija, a la que le reconoce su trabajo en la
editorial en los créditos de cada una de las novelas de la Biblioteca.
Su talante y
valentía las encontré después de ese primer encuentro en 2017, cuando en enero
del año pasado, en plena reedición de la novela, me dijo que quería hablar
conmigo. Debido a la distancia lo
hicimos por teléfono. Me contó entonces
cómo un dolor en el brazo al que, en un principio no le puso mucho cuidado,
terminó por incapacitarlo a tal punto que tuvo que recurrir a los médicos. De allí en adelante se desató todo lo que
desata la enfermedad: una vorágine de
citas, de esperanzas, de síntomas, de dolores, de alegrías, de cuidados, de
tristezas, de emociones, de sentimientos, de miedos, de recurrencias, de qué
decir… eso exactamente solo lo saben quienes lo han vivido.
En el
intersticio se publicó En el brazo del río, una reedición preciosa, cuidada y
presentada en la Feria del Libro de Bogotá un año después de nuestro primer
encuentro, sin que Ricardo pudiera estar, pero estuvo Carmen Elisa.
Nos habíamos
visto una vez más, recién aterrizada yo en Bogotá; y nos vimos otra más. Una
tarde en la sala de su casa, con los cerros de Bogotá de fondo, y el sol que
aparecía tibio y prometedor. Hablamos de
muchos temas. Sobre todo de sus proyectos editoriales, pero también de la
enfermedad y de la vida que es finita y de la muerte que nos espera a
todos. Carmen Elisa estaba allí, y cuando
me acompañó a tomar un taxi me dijo: Yo
amo a este hombre.
Este hombre que
se fue en enero.
lunes, 15 de octubre de 2018
Carta a una lectora
Querida Mila, el martes en la tarde, al abrir el buzón encontré una
carta de las que ya no se estilan. No había correspondencia comercial y
sí un sobre blanco con matasellos y estampilla. Me alegró mucho porque supe que
estaba escrita y enviada en lo que alguna vez fue la manera de vivir el tiempo,
es decir, aquella en la que éste se destila minuto a minuto y no precisa de los
afanes en los que nos ha metido la tecnología -el mundo de la instantaneidad-
que nos ha quitado el placer de la espera, el ansia en el estómago que da la
expectativa, y a cambio nos ha sometido a la tiranía de lo resuelto y contado
en fracciones de segundos. Ese era un mundo contenido. Ahora es un
mundo desbocado.
Así que me alegró recibirla por lo que dejaba entrever de la autora y,
mucho más, al descubrir que había sido escrita inspirada por la imágenes que te
habitaron mientras leías En el brazo del río, la primera de mis novelas de la
trilogía Conjuro contra el olvido, y en las que aún fluías. De eso se
trata el escribir. Al menos para mí. De tocar con las
palabras. De entrelazarlas y trenzarlas para permitir mediante su magia
que el lector pueda formar con ellas un mundo nuevo dentro de sí. A veces
desolado, a veces amoroso, a menudo de los dos porque nunca somos uno
solo.
Me alegró saber
que la sonoridad del español allende los mares, con términos no usados en la península, te acercaba a la atmósfera y cadencia
con la que allí se vive; saber que no usas la palabra mañanió pero qué
entendiste de qué hablaba cuando lo hizo Sierva María para celebrar el
cumpleaños de Paulina. Eso quiere decir que estuviste durante más de
ciento cincuenta páginas en las orillas ardientes del río Magdalena, conociendo
cómo se vive, cómo se ama y cómo se muere en ese paraíso, a veces maldito o ¿será
que todos los paraísos lo único que generan son maldiciones? …
Ahora, luego
de las alegrías, te voy a confesar lo que ha sido mi mayor impresión al leer tu
carta: corroborar que, como lo decía Lacan, no sólo decimos palabras sino que
ellas nos dicen. Y que las que
quedaron escritas en esta novela, muchos de cuyos pasajes surgieron empujados
como si una voz los trasmitiera,
se volvieron un torrente que te obligó a escribir “Y sigo río arriba, hacia La Vega…” ,
como si la adolescente asesinada, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, tomara
posesión de la novela y, luego de ti, para reclamar un lugar. Un lugar en la memoria.
Porque también de eso se trata la
escritura, de preservar la memoria y no exactamente la histórica, sino la
memoria del vivir, allí donde habitan los afectos, los miedos, las soledades,
los amores, toda esta carga que transita entre la razón y el corazón y que es
la que nos hace inmensamente humanos.
Marbel
PD. Estas muy lejos para ir, pero te cuento que En el brazo del río fue llevada al teatro por el colectivo Diente de León. Este jueves 18 de octubre se presentará en Bucaramanga y el sábado 20 en Barrancabermeja dentro de los respectivos festivales de teatro de esas ciudades. ¡Para no olvidar!
lunes, 28 de mayo de 2018
Entre la extrema derecha y Petro
Los resultados electorales del domingo 27 de mayo no dejaron a Colombia entre
dos extremas, como titulan los medios, sino entre una extrema, muy de derecha, y
Petro, así que como me escribió una amiga mía: futuro triste.
Colombia va a tener que elegir en tres semanas entre un Duque, protegido y
aupado por un hombre tenebroso como Alvaro Uribe Vélez, y un hombre con buenas
ideas y un programa de gobierno interesante, que busca zanjar las diferencias
abismales de desequilibrio social que se vive en el país, pero con un estilo
que un antiguo colaborador suyo en su momento definió muy bien: déspota.
Déspota es el que se quiere arrogar todas las atribuciones, el
que no escucha e impone, y el que no vacila, en estos tiempos de populismo
delirante, de todos los extremos, en proclamarse a sí mismo como una especie de
mesías, salvador, sí, salvador, y no político, porque la política exige
escuchar, consensuar, respetar, saber ganar y saber perder. Y de esto Petro ha dado muestras suficientes
de no saber.
La amenaza con Petro no es que plantee un país más equilibrado, que es el
que necesitamos. Que haya una distribución más justa de la riqueza, en un país
tan rico, mayores oportunidades de acceso a la educación, la salud y el
trabajo, sólo puede asustar a los cavernarios que siguen repitiendo el viejo
discurso del comunismo, como si el comunismo mismo no sea ya algo que suena a
obsoleto.
La amenaza real de una personalidad como la de Gustavo Petro, cuyas
verdaderas ambiciones se revelan cuando la bota del pantalón se le levanta y deja
ver sus zapatos Ferragamo, es que el dulce del poder engolosine aún más al déspota
que lleva dentro y que ya se ha manifestado, y lo haga sentir imprescindible.
Tendremos entonces un presidente que se hará reelegir hasta el cansancio,
como Daniel Ortega en Nicaragua. Un
populista que hará lo necesario para que los votos le alcancen para seguir
sentado en el sillón presidencial como Maduro en Venezuela y antes Chávez. Un adicto al saludo obsecuente de los que
siempre saben beneficiarse de estas situaciones que olvidará sus promesas de
promover empleo y desarrollo y recurrirá, como lo hizo en Bogotá, al reparto de
mercados entre los más desfavorecidos a nombre de la justicia social, porque
siempre es más fácil dar un bocado y tener seguidores, que generar las reformas
necesarias para que cada uno esté en condiciones de trabajar y conseguirse su
bocado.
Así que los colombianos no estaremos eligiendo entre la extrema derecha, que
es real, con el perfume putrefacto de la corrupción y la muerte en la que han
sepultado al país y su esperanza, y la izquierda, sino entre una derecha que
también pretenderá eternizarse (¿no habrá acaso algún intento de modificar la
Constitución para que Uribe sea presidente por tercera vez?) y Petro. Triste
futuro.
miércoles, 14 de febrero de 2018
Para leer en la palma de la mano
Querría
escribir historias que nos reconcilien con la vida o nos interroguen sobre sus
misterios, como aquellas Historias de la palma de la mano del japonés Yasunari
Kawabata, premio Nobel de literatura en 1968. Jirones de vida, retratos de la condición humana, sutilezas
de la cotidianidad y del tiempo que, como un ovillo, se desenvuelve, a veces acariciándonos,
a veces triturándonos entre sus minutos; pero, ante todo, historias de vida, viva, no de muerte.
Pero no, es
irremediable. Tengo que dejarlas de lado porque existe una realidad que atropella
y arrasa, enmudece y produce escalofríos.
Leo titulares de noticias en los que imperan más las aciagas que las
buenas. El mundo parece empeñado
en destrozarse. Y Colombia no es
ajena a ello. Un observador
extraterrestre diría que intenta ganarse el estrellato:
Los líderes
sociales están siendo asesinados.
Más de cien en todo el año pasado.
Más de veinte en lo que va corrido de este año. Las cifras cambian, según las
organizaciones. Pero lo cierto es que los están matando.
Ocho policías
muertos y cuarenta heridos en un atentado cometido por el Ejército de
Liberación Nacional que reivindicó el ataque alevoso con el que, es muy posible,
aspiraba a fortalecer su posición dentro de una negociación, ya rota.
No enumero
más, porque se hace largo el artículo. Pero, esto es violencia política. Violencia sembrada por aquellos que
saben usufructuarla, cultivada en un terreno de desigualdad e impunidad, y
abonada bajo el principio de la plata fácil que ha permitido la proliferación
de todo tipo de mafias y de carteles: del tráfico de armas, del narcotráfico, de
la gasolina, del microtráfico, de la hemofilia, de la toga…
Violencia que,
como la gota del suplicio chino, nos ha permeado por años y años, penetrando
hasta los tuétanos, hasta hacernos vivir con miedo, aunque no lo reconozcamos; que
nos ha inoculado de indiferencia hasta sentir que esta realidad de espanto
afecta a otro, pero no a nosotros; a mí, que estoy leyendo, a los míos, que son
cercanos. Reconozco la enfermedad en
un titular de prensa: “Un violento
comienzo de año para los líderes sociales”. Solo para ellos. Al que lee, no lo toca. Lo informa, pero no debe tocarlo.
Los líderes
sociales, al fin y al cabo, no son sino “los otros”. Los policías también son
unos “otros”, no nosotros. Están también entre esos “otros”, los asesinados por
la delincuencia común que, en terreno tan fértil, se cuentan en decenas porque
matar es un verbo de fácil conjugación en Colombia. Se mata por una camioneta de alta gama, por una bicicleta,
por una billetera, por una mirada.
Porque sí o porque no.
Y seguimos
escudados en nuestro miedo, y parapetados en la indiferencia. La parca violenta
no va a tocar en nuestra casa.
Quisiera
escribir historias bellas y sutiles, como las de Kawabata, que se puedan leer
en la palma de la mano, sin sangre, sin sevicia, sin crueldad. Historias de
mucha humanidad.
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