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martes, 27 de septiembre de 2016

Ríos de tinta


Ríos de tinta han corrido defendiendo el sí y el no para la paz, pero son de tinta y no de sangre. Cuánto dolor y cuánta muerte nos habríamos ahorrado los colombianos si los cambios que el país necesita los hubiésemos buscado por la vía de la palabra, el debate y el pensamiento, y no por las armas. Cuántas muertes menos si en vez de empecinarnos en la guerra hubiéramos optado por buscar salidas dialogadas como esta que está llegando a buen término con la firma del acuerdo ayer en Cartagena, porque aún le falta arribar al último puerto: la voluntad de que queremos vivir en  paz, expresada en las urnas en el plebiscito del próximo domingo.

Y conjugo en plural, y me incluyo en los unos y en los otros, aunque nunca empuñé un arma distinta a la máquina de escribir para buscar el país que llevo soñando toda la vida. Me incluyo porque esa guerra que se ha librado en los campos y en los montes, en las selvas y en las carreteras, en las poblaciones alejadas y en las cercanas, en los extramuros de las ciudades y en sus calles, en su cordones de marginalidad y en sus clubes, me ha tocado como ha tocado a los cuarenta y ocho millones de personas que habitamos el país. A cientos de miles de ellos como víctimas directas e indirectas y a millones, que somos más, como espectadores tímidos y asustados, con el miedo atenazándonos el alma, preguntándonos cuándo nos iban a llamar al frente para asignarnos un papel de primera fila que pagaríamos con la vida, la propia o la de los nuestros.

Mientras estos escenarios se desenvolvían frente a nuestros ojos, con la mirada velada para no verlos bien, porque imposible soportar tanta muerte junta, tantos desaparecidos, tantos desplazados de sus tierras, de su casa, de su parentela, se nos iban cambiando los sueños y distorsionando los deseos.  Matar se convirtió en un verbo fácil.  No son pocos los testimonios que he recogido de niños que quisieron ser grandes para matar a quienes les hicieron huérfanos, y esos perpetradores de la muerte eran de todos los espectros con lo cual lo único que se avizoraba hacia el futuro era una matazón todavía más grande.  Matar que es también vengar y odiar y vivir envenenado.

Y ahora, luego de un proceso intrincado, largo, que muchas veces sentimos haciendo aguas y otras estancado, tenemos, en virtud de un plebiscito pactado como parte de este acuerdo final, la posibilidad única de decidir si queremos vivir en paz o si elegimos la guerra. Si le ponemos punto final al desangre ocasionado por el enfrentamiento con las Farc (queda aún el ELN) o si nos empecinamos en la muerte.  Una opción que siendo de vida, y la vida es vital, puesto que es lo único que de verdad tenemos, sería para cualquier pueblo sumergido en la devastación motivo de alegría y de celebración.  Pero en Colombia no. 

Leo en las encuestas que aún hoy, a cinco días del plebiscito, de cada cien personas con posibilidad de elegir hay treinta y siete que le dicen no al proceso.  Treinta y siete que confirman lo que escribía dos párrafos adelante. Este medio siglo nos ha distorsionado los sueños y los deseos. Nos ha puesto a soñar con muertos y a querer vivir en medio de la muerte, nos ha esculpido adentro que la ley es la del talión, que los ojos se pagan con los ojos, y los dientes con los dientes; nos ha hecho creer que son mejores los ríos de sangre que los de tinta y que es mucho mejor si esa sangre derramada es la de los otros y no la propia.  Un país macabro que quiere anteponerse al de la vida.  Ojalá ese país empiece a desvanecerse el próximo domingo.

lunes, 13 de junio de 2016

Querida Mary:*


Que la palabra sostiene, mantiene, tiende puentes, anuda amistades y construye vínculos lo vivenciamos tú y yo, luego de cuatro decenios de llamadas telefónicas, de cartas cruzadas, cuando todavía se usaban, de conversaciones frente a frente, en las escasas veces en que coincidimos, de intercambios de e-mails, cuando los inventaron, de encuentros por Skype y de mensajes de Messenger.

Por la magia de la palabra supimos siempre la una de la otra, estuvimos al tanto de nuestros aconteceres, repasamos las vidas de nuestras familias y participamos de sus acontecimientos; por esa magia vivimos nuestra amistad, aún sin vernos, como si cada día compartiéramos el café, de manera que en cada encuentro nunca fue sorpresa los cambios que se generaban en nosotras con los años.


Que la palabra bien dosificada ayuda en la construcción de realidades lo sabíamos las dos por nuestro trabajo, pero que no por eso las cambia, también lo constatamos. Tu enfermedad no mejoró porque yo lo verbalizara, así las dos nos asiéramos a la carga de futuro que les poníamos.
 

Que la palabra revela y nos revela lo supe cuando volví atrás, leí las decenas de mensajes que intercambiamos en los últimos diecinueve meses y descubrí que mis apreciaciones sobre el cáncer que te comía estaban llenas de esperanza, una esperanza verdadera, yo que suelo mantenerla como postura intelectual para vencer el pesimismo que se impone.


Tú me contabas, día a día, cita a cita, quimio tras quimio, radio tras radio, lo que ibas padeciendo, y yo me empecinaba en creer que después de ello habría curación.  En enero pasado estaba preparada para que me dijeras que habías pasado con nota sobresaliente el último examen a tu cuerpo y que los médicos te daban de alta con una nota aclamada. En lugar de eso tuviste que escribirme de metástasis en los pulmones y en las costillas. 


Entonces, te escribí: “Imagino que tendrás temores, ataques de miedo a momentos y también desánimo en otras ocasiones, pero has avanzado cada día, cada paso con esperanza y alegría y es importante que puedas continuar en esta tónica.  Por ti y porque la vida, esto inasible y efímero, es , al fin y al cabo, lo único que tenemos y lo único que con certeza conocemos. Todavía no hemos podido agendar nuestro año pero te prometo que nos veremos en Medellín, ahora que no podrás venir tan pronto como yo contaba”. 


¡Y nos vimos en abril! ¡Y pudimos celebrar juntas tu cumpleaños! Y yo disfruté viendo que comías con gusto, que te reías contando anécdotas que te hice recordar de cuando investigabas para la escritura de un libro, que la palabra te seguía siendo fácil y la risa y la sonrisa permanentes. Pasaste abril, y mayo hasta el último día, pero no más.  La muerte, que venía disfrazada de enfermedad,  venció porque al principio estaba Dios y la palabra era Dios, pero al final está la muerte que ya no admite a las palabras. 
 

Por eso ahora, querida Mary, siento que no hay nada más triste que llamar a un teléfono donde no vas a contestar, que abrir un correo que tiene tu nombre pero al que no puedo escribir, que encontrar tu nombre en el Skype sin que pueda marcarte… Tengo las palabras, pero tú ya no estás.

*Mary Correa, Colombia. 1958-2016. Periodista y Docente. Coautora de Tierra de desterrados.

jueves, 14 de enero de 2016

Se llamaba Carmen


No la vi muchas veces, porque era amiga de mi mamá y no mía, pero sus recuerdos permean mi vida desde la temprana infancia hasta ahora, cuando las sienes empiezan a platearse.  En sus inicios debieron ser amigas de barrio y de costura, porque mi mamá cosía, pero muy pronto, todavía no abandonábamos la infancia, ella se fue a vivir en uno de los extremos occidentales donde la Bogotá de lo sesenta se expandía.  Así que cada visita a su casa se convertía para nosotros en paseo de día entero.  Salíamos temprano y volvíamos al caer la tarde.  Debía sucederle a ella algo similar porque durante los decenios que duró la amistad de estas dos mujeres fueron más las charlas telefónicas que las presenciales. 

En sus llamadas debían ponerse al día de la vida de la una y de la otra, y también de la de sus hijos, porque crecí, pasé la juventud y llegué a la adultez con la sensación de que era una persona cercana, aunque nunca la veía.  Lo mismo me pasaba en lo relacionado con su familia y con sus hijos. Y pienso que lo que sucedía en nuestra familia, pasaba en la de ella.  Carmen estaba ahí porque era la amiga de mi mamá. Arcenia debía estar allá, porque era la amiga de la mamá.

La primera que abandonó su larga amistad fue mi mamá, que murió hace ya casi tres años.  Carmen, a quien no veía desde hacia muchos, muchos años, quizá decenios, y cuya salud también se deterioraba, se acercó a la funeraria a saludarnos y a despedir a la amiga.  Me pareció la mujer de siempre, discreta, de pocas palabras, y al mismo tiempo, afable y con una sonrisa tenue, siempre a punto de dibujarse, sin terminar de hacerlo. 

Recuperé esa última imagen que tuve de ella el pasado Día de Reyes cuando recibí un mensaje de mi hermana que me contaba que Carmen había muerto y ese era el día de su funeral.  Sentí, otra vez, su presencia tranquila, siempre presente a través de los años, aunque no la viéramos, gracias a una magia incomparable: la de la amistad.  Esas dos mujeres habían logrado que sus hijos participaran de lo que era de ellas y sólo ellas habían construido.  Un hilo fino que nos vinculaba con afectos sólo conocidos por quienes los han vivido.   Y también pensé en la muerte que se lo lleva todo. Despedir a Carmen fue volver  a despedirme de mi mamá.  Tal vez, despedir a mi mamá fue para sus hijos, empezar a despedir a la suya. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Vivir, morir, matar



Entre el nacer y el morir hay una línea que es el vivir.  O como decía Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/Que van a dar a la mar/ Que es el morir”. Se nace y se muere.  Pero hay formas de vivir y también de morir.  No tendría que existir ninguna de matar.

Y deshacerse en la muerte debería ser un hecho natural al que se llega porque el tiempo limitado que le toca a cada uno se agotó, así de simple: el hilo lo cortó la parca azuzada por los años, por la enfermedad, por el accidente inevitable, por decisión propia del sujeto.

Lo que no debería ser es morir porque otros nos mataron .

Quitar la vida es atribuirse el papel de tenebrosos dioses capaces de cegar lo único que realmente es propio a cada uno, la existencia individual.

Estar vivos es, por tanto, nuestro principal valor y del que se desprenden los otros. Libertad, justicia, equidad, igualdad, fraternidad, derechos, no existen sin la vida.

Entonces, si la vida es nuestro principio, el mismo que de manera natural nos conduce a nuestro fin, ¿por qué el ser humano se empeña tanto en el matar, que es su interrupción?

En Colombia, donde las muertos de todas nuestras violencias han sido miles de miles, la antropóloga María Victoria Uribe Alarcón buceando en esos límites de la barbarie ha escrito que para matar los asesinos “animalizan” a sus víctimas. Las convierten, mediante el lenguaje y los gestos, en animales propicios al sacrificio (esta última es palabra mía).  No voy a detenerme aquí en imágenes que no nos dejarían dormir.  Basta citar masacres donde las víctimas fueron asesinadas en el matadero del pueblo.

Su libro se llama Antropología de la inhumanidad y habla de la crueldad de los perpetradores que arrebatan la humanidad a sus víctimas, asumiendo que están frente a un animal,  para poder matarlas sin conciencia, sin dolor, sin arrepentimiento;  para que el crimen no les produzca asco de sí mismos.   
Lo hacen eso sí, pienso yo,  con lo más humano de ellos mismos, de su lado más oscuro, más obsceno, más perverso, y no voy a decir más animal, porque los animales no matan ejerciendo su voluntad.  

Dice también la antropóloga que las personas que realizan el oficio de carniceros, hacen todo lo contrario, “humanizan a los animales que van a sacrificar”.  Lo hacen para poder ejercer “métodos humanitarios”  que les propicien una muerte “con consideración”.

Las reflexiones nacen desde una región del universo, un país, donde llevamos generaciones conociendo a  la muerte en sus expresiones más horrorosas, tantas que deberíamos estar hastiados de ella y de la sangre, y aún así todavía me encuentro con seres humanos, contados en cientos, a quienes les hierve la sangre, hasta que la sangre se vierta, y esta sangre es la de un animal criado y cuidado para ello.

Sucede en Colombia, pero también en España, donde milenios de civilización desaparecen cuando veo correr a masas enardecidas detrás de un toro, animal indefenso y encerrado, para atacarlo hasta matarlo, emascularlo y reclamar el trofeo como parte de la fiesta.
¿Se habrán dado cuenta que ello no tienen nada de civilización y sí de regresión? ¿ Involuciona este viejo mundo?

Madrid, 8 de octubre de 2015