jueves, 9 de marzo de 2017

Violencias repetidas ¿saldremos de ellas?

Ayer fui a escuchar a Humberto de la Calle Lombana.  Era una invitación del consulado de Colombia en Madrid y el tema “Los desafíos y retos de la implementación de los acuerdos de La Habana”.  Quería escucharlo, pero también preguntar. Levanté varias veces la mano y me regresé con la pregunta y una respuesta a medias, entretejida de las distintas que dio a otros que sí tuvieron la oportunidad de hacerla.

Quería saber qué es lo que está haciendo de verdad el Estado colombiano, para que no se repita la historia circular de barbarie que desde hace tantas décadas nos asola. Tantas, y tan reconocidas, que el mismo De la Calle se remontó hasta la guerra de los mil días, esa que tuvimos entre los finales del diecinueve y principios del veinte, ¡y ya estamos en el veintiuno!

Mi pregunta iba ilustrada con hechos.  A mediados de la semana pasada me acosté una noche y tenía anotados 23 asesinatos de líderes campesinos, indígenas, afroamericanos, hombres y mujeres, pertenecientes a movimientos sociales.  Cuando me levanté al día siguiente ya no eran 23, eran 24. Me enteré por un tuit de Luis Almagro, secretario general de la OEA, que pedía protección para los dirigentes.

Antes de salir hacia la charla revisé prensa y comunicados. El Espectador hablaba de cuatrocientos desplazados en el Chocó en los últimos tres días y dos incursiones paramilitares, en una información actualizada pocos minutos antes. 

Imprimí dos comunicados.  Uno fechado el 22 de febrero y originado en comunidades afro e indígenas del Bajo San Juan.  Denunciaban, además del abandono de siempre, enfrentamientos entre la Armada y grupos ilegales que se repite siempre la historia en todos nuestros ríos los dejan a ellos desabastecidos de alimentos, y de agua porque las quebradas están tomadas por los grupos ilegales. Pero no solo eso. También sufren hostigamientos por parte de las fuerzas de orden público.  Lo de siempre, los pobres son culpables de felonías, ahora que no les pueden decir guerrilleros porque las Farc están en el proceso de paz.  El otro comunicado hablaba de amenazas y extorsiones a la comunidad de la Isla de los Rosarios, (¿sabía  usted que existía?) en Murindó, Antioquia, a orillas del Atrato.

Quería preguntar qué estaba haciendo el Estado colombiano, con todas sus instituciones, para garantizar que haya No repetición, porque lo que estoy viendo, desde aquí, es que se está repitiendo la historia de muerte.  De lo que De la Calle contestó, a otros, concluyo que hay un esfuerzo importante en todo lo que tiene que ver con regularizar, normalizar es el término que usan, a la guerrilla desmovilizada, pero que se nos sigue quedando media Colombia, la más desamparada, por fuera.

A quienes la prensa llama paramilitares, De la Calle llamó bandas criminales, grupos delincuenciales que están detrás de la minería ilegal y del narcotráfico, para ocupar los espacios vacíos que quedan con la desmovilización de las Farc.  Hacer la distinción me parece bien y necesario.  Paramilitar es, como su nombre lo dice, el que tiene detrás el apoyo y patrocinio de la institución militar, como sucedió en el Magdalena Medio en los ochenta. Ojalá que sea cierto y  esto ya no esté sucediendo.  Sería un avance.  Pero los asesinatos, las violaciones, los desplazamientos forzados, la apropiación de tierras y recursos, sí sigue pasando, cebados en los pobres que son los que nunca tienen protección. Y en Colombia los pobres son mayoría, porque somos uno de los países más inequitativos de América Latina. De la Calle no sólo dijo que, en este aspecto, somos comparables con Haití sino que se refirió a un estudio que revela que los niños colombianos que nacen pobres, hijos de personas en las mismas condiciones y sin educación, están condenados desde su misma cuna a repetir el ciclo inalterable de la pobreza.

Como condenados parecemos a no perdonar y a pensar sólo en nuestro ombligo.  Escuché preguntas hechas con pasión, pero también con resentimiento y con odio.  Ignorando que los acuerdos contemplan la reparación y también la aplicación de una justicia especial para la paz hubo quién interrogó cómo es posible que a los pícaros se los recompense; y también quien hizo saber un ciudadano del asfalto, sin duda– que no entendía cómo es que hay tanta preocupación por reinsertar una guerrilla mientras en las ciudades se muere a manos de la delincuencia común.  Pensé en un habitante de una ciudad costanera, al que le preguntaron si no temía la subida de los niveles que están teniendo los mares con el cambio climático.  Dijo que no, porque él vivía en un quinto piso.  ¿Quién le puede hacer entender al ciudadano del asfalto preocupado, con razón, por la inseguridad en las ciudades, que hacer la paz en los campos y generar condiciones de equidad para todos hace parte del remedio de fondo para esta enfermedad?

Tengo que decir que también preguntaron los que ven con esperanza este principio del fin, porque sólo es un principio.  Los que quieren retornar a nuestro país no ya “para pescar en los ríos por la noche”, como dijo De la Calle, citando a Dario Echandía, sino para vivir y morir en la que es su tierra porque el proceso y en eso el jefe del equipo negociador del gobierno fue realista será largo, y quizá sus logros sólo los disfruten los nietos de las actuales generaciones.

Pero para que eso suceda es necesario no persistir en la ceguera, y ver, y reconocer lo que está pasando, para actuar sobre esa realidad;  y tampoco caer en el paradigma de que la paz es solo y únicamente el desarme y reinserción de la insurgencia. 


Habrá paz real en Colombia el día en que generemos condiciones de desarrollo en todas las regiones y para todas las personas; el día en que el Estado haga presencia real con escuelas, salubridad, infraestructura, vías de comunicación, igualdad de oportunidades y  autoridad, en todo el campo colombiano; el día en que la justicia no sea solo para los de ruana; el día en que la equidad sea, además de un concepto, una realidad vívida; y el día en que todos estemos dispuestos a desarmar los corazones, porque si sigue proliferando el odio jamás tendremos paz.

viernes, 27 de enero de 2017

Siete días de maldad

¿Es descifrable el mal? … Donald Trump cumple hoy una semana en la presidencia de los Estados Unidos, siete días en los que se ha portado como un pirómano al que le dan un galón de gasolina y se divierte regándola donde más fuego pueda producir.

Suelta que Japón debería aumentar su potencia atómica para defenderse de Corea del Norte, aprueba la construcción de un muro en la frontera con México, llama al primer ministro Israelí para advertirle sobre el peligro de Irán y su supuesto antisemitismo, reafirma que trasladará la embajada de Estados Unidos a Jerusalem y defiende la tortura.

Su lenguaje no es menos incendiario que sus hechos.  Afirma que luchan contra “ratas enfermizas”, que las intenciones de algunos de sus visitantes son “diabólicas” y apela al “pueblo” y al “patriotismo” para salvarse del “desastre”.

Ciento sesenta y ocho horas suficientes para que el boletín de científicos atómicos publique que, con la llegada de este hombre al poder, el reloj del fin del mundo se adelantó treinta segundos, de manera que sólo estamos a dos minutos y medio de una explosión que acabe con la raza humana.

Intento descifrar lo que está pasando.  Leo análisis de hechos puntuales y en general observo una gran confusión.  Más allá de lo inmediato no encuentro planteamientos de escenarios futuros.  Nos queda entonces la historia para saber a qué podemos atenernos, la filosofía y el planteamiento del mal para ubicar a un tipo como este y la imaginación para encontrar salidas.

No es necesario ir siquiera un siglo atrás para encontrarse con Adolf Hitler, otra encarnación del mal como Donald Trump. Y Hitler es un espejo que, reflejando el pasado, puede usarse para mirar este presente. 

El hombre del bigotito asumió el poder en los años treinta en un momento en que había una gran depresión económica, encontró una masa ávida de promesas de mejores tiempos, creó un estado totalitario, enarboló la pureza de la raza aria, se rodeó de mentes criminales, ideó un aparato de propaganda e ideologización que uniformó y desvirtuó las conciencias de sus ciudadanos permitiéndole emprender un genocidio y  lanzar a su propio país a una guerra en la que murieron cerca de cincuenta millones de personas.

El hombre del copete amarillo asume la presidencia de su país en medio de otra depresión económica, lo votan sesenta y dos millones de estadounidenses ávidos de promesas de mejores tiempos, se rodea de hombres de negocios, con el corazón puesto en el mismo capital donde palpita el de él, lanza fuego aquí y allá, sin detenerse a medir consecuencias, y señala enemigos para despertar miedos: los inmigrantes, los musulmanes, el idioma español, México, Irán, Corea del Norte…

Sus ínfulas se parapetan en un lenguaje que apela a los sentimientos antes que a las ideas, sin que le falte su Gobbels: Conway, que creó la falacia de los “hechos alternativos” para hablar de “verdades” que corresponden a sus deseos, y no a la realidad.  Tampoco esto es nuevo, el truco lo descifró en su libro La lengua del Tercer Reinch, Víctor Klemperer, un filólogo judío que sobrevivió al genocidio: “El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”.

¿No es acaso a lo que aspira Trump con sus Twits y sus declaraciones provocadoras, reiteradas en cuanto medio se abre, se ve, se escucha o se lee?... Que sus ciudadanos se conviertan en cazadores de las “ratas enfermizas” y, armados, disparen en la frontera contra quienes osen pasarla, que tengan tanto miedo que piensen que sólo él puede salvarlos de los “diabólicos” que los amenazan, que los organismos internacionales que mal funcionan pero garantizan un cierto orden desaparezcan, que sucumba el actual sistema imperfecto para que al final él solo pueda gobernar desde su torre, no ya desde la Casa Blanca, un mundo devastado.

Porque la cuestión con Trump no es la economía, ni la geopolítica, que era a lo que se había jugado hasta el momento con los otros gobiernos estadounidenses. No, la cuestión con él es el problema del mal.  El mismo que se vivió con Hitler sin que hasta ahora hayamos podido explicarnos cómo fue que sucedió. Por algo, el escritor Norman Mailer en El guardián del bosque, la biografía novelada de la niñez de este genio del mal, eligió como la voz narradora a un demonio que siguiendo las órdenes de su jefe mayor acompañó e indujo los pasos del pequeño Adolf.

Mientras nos organizamos, mientras le damos forma a cómo y desde dónde vamos a responder a esta embestida del mal que se llama Donald Trump recuerdo otras palabras de Klemperer: “El lenguaje no solo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuanto mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él”.  Son tiempos para ejercitar la lucidez.


martes, 17 de enero de 2017

Érase una vez un mundo…

Hubo una vez, unos años, algunas décadas en las que se impuso el sueño de un mundo en el que se vivía en paz con una casa a la cual llegar, brazos que se extendían para ser recibido, lugares conocidos por los cuales transitar y vecinos, amigos y sociedades donde pasaban cosas terribles, pero no espantosas.

Sucedió después de la segunda guerra mundial y aunque a continuación empezó la guerra fría, está era, para millones y millones, la confrontación entre dos grandes potencias que se llevaba a la pantalla con temas de espías y amenazas nucleares, pero nunca hasta pensar que se podía ser alcanzado por sus consecuencias reales.

Por supuesto que esto sucedía en el cine, porque en el mundo real esta confrontación sí se llevaba vidas entre sus brazos y países sometidos a doctrinas de seguridad del estado, torturas y desapariciones; pero aún así, el mundo parecía seguro.

Los que vivíamos en los países donde se medían las fuerzas estábamos convencidos de que un día el mundo mejoraría y todo eso pasaría. Para eso luchábamos y nos empeñábamos.  Los que vivían en esa parte del mundo que ya había alcanzado el bienestar pensaban que eran invulnerables. Nada podía cambiar lo que habían logrado. Sus gobernantes se empeñaban en guerras y conquistas de mercados, que es como se coloniza ahora, pero eso pasaba en otros lares.

Pero llegó un día, como en los cuentos infantiles, un día en que el sueño se rompió.  Ese día el mundo ya era una aldea global donde lo que sucedía en un lado del hemisferio se conocía inmediatamente, por la magia de los medios, al otro lado. Era mañana para algunos, mediodía para otros y noche en el otro medio mundo cuando el transcurrir cotidiano con todo lo que contiene esta palabra se interrumpió con la imagen de un avión estrellándose contra una gran torre en la ciudad de los rascacielos. 

Los que vimos la primera imagen, emitida casi inmediatamente, y que debimos ser miles contados en millones, pudimos haber tenido el mismo pensamiento: un piloto con problemas en su aeronave, pero, a continuación, cuando vimos al segundo avión estrellarse contra la otra torre, por algo las llamaban gemelas, supimos que algo estaba pasando y que no era bueno.

Han pasado un poco más tres lustros desde ese martes. Cinco mil seiscientos días  en los que el sueño de un lugar seguro en el mundo quedó despedazado, de todas las maneras. 

No se trata solamente de las cientos de muertes provocadas por toda clase de explosiones, en sitios cotidianos y tranquilos, en  países del primer mundo, pero también del segundo y del tercero, (aunque parece que los que duelen y por los que reclaman son únicamente por los muertos del primero) sino la sensación profunda de inseguridad, sembrada en el fanatismo religioso, el renacimientos de las ultraderechas y el populismo, la elección de individuos peligrosos como mandatarios, el retroceso y corrupción de las clases políticas, el detrimento de los derechos sociales y políticos acabados antes de que los disfruten en equidad todos los habitantes del planeta– y el imperio del capital por encima de la dignidad humana y de la supervivencia misma de la tierra. 


Érase una vez un mundo al que llegó una sombra negra para cubrirlo… Y, como en los cuentos, espero que seamos millones los que empeñemos cada día nuestra vida, inteligencia y recursos para que la sombra se disipe y, al hacerlo, permita ver una tierra verde y nueva, renacida de sus cenizas, porque si no pasa así, no habrá quien la vea.  

martes, 15 de noviembre de 2016

Rasgando velos


“El corazón del hombre es perverso, ¿quién podrá comprenderlo?”, con este epígrafe del profeta Jeremías empezó Truman Capote su hasta hace poco tiempo conocida como su primera novela: Otras voces, otros ámbitos. ¿Y quién mejor que un autor estadounidense para comenzar un artículo sobre las elecciones del martes ocho en Estados Unidos que tienen al mundo haciendo cábalas y a los estadounidenses divididos?

Capote no estaba hablando de política cuando escribió su novela.  Su historia es la de un adolescente que, enviado al sur profundo, descubre su identidad homosexual; pero la inescrutabilidad de los deseos humanos y la existencia de ámbitos y de voces que subyacen escondidos, y que siempre es posible traer a la luz, son dos buenos elementos para analizar la coyuntura que enfrenta la que sigue siendo considerada la primera nación del mundo.

Y es que en las elecciones del martes ocho hay dos componentes esenciales al abordar el análisis.  De un lado, el ahora presidente Donald Trump, que durante su campaña encarnó todo lo bajo y rastrero que se lleva dentro y que proclamó, cobijado por la sombra de su multimillonaria fortuna.  “El que tiene plata marranea” dice un adagio popular en Colombia y no hay que extenderse mucho para saber que esto fue lo que hizo Trump: despreció a las mujeres, se regodeó en que había evadido impuestos, alardeó de que podía matar a alguien en plena Quinta Avenida y aún así ser elegido, insultó y amenazó en público a su oponente, exarcerbó la xenofobia contra los musulmanes y los latinos, en especial los mexicanos, y calumnió a Obama, para no continuar la lista que es larga.

El tenor de su ignorancia, sí, ignorante, porque tres mil millones de dólares no la borran, se hizo evidente con negaciones como la del cambio climático, promesas contra instituciones que el país que ahora va a liderar ha abanderado y soluciones de encierro económico en un mundo donde los Estados Unidos han sido los primeros impulsores de los tratados de libre comercio. 

Tanta es su capacidad de insulto y de negación que los analistas y los medios han llegado a presentarlo como el candidato antisistema, en una equivocación rotunda.  Trump no pertenecía a la clase política –ahora sí – pero tiene un lugar predominante en el corazón del sistema, el mismo del que se ha lucrado.  Por eso, tal vez lo único bueno del resultado de estas elecciones es que ha caído la venda de los ojos y ha quedado claro que el sistema económico –con todo su poder financiero– y los gobiernos son lo mismo, desde hace mucho tiempo.  Trump es la cara que hace visible lo que estaba oculto.

Pero, tanto como ocuparse de Trump, es necesario pensar en aquellos que lo han aupado al poder.  Fenómenos de este 2016 como la elección de Trump o la salida del Reino Unido de Europa revelan que algo está fallando.   No es la civilización la que se impone con sus valores de libertad, justicia, respeto, igualdad, inclusión, sino un aspecto regresivo, primitivo, tribal, impulsado, de manera paradójica,  por la globalización de los mercados que se da a la par con lo que podríamos llamar el racionamiento del pan:  La precarización de las condiciones de vida en los países desarrollados –porque en los emergentes y en los pobres ni siquiera se ha llegado a que haya pan para todos–, y la disminución de los derechos.

Síntomas que se agudizan con la exposición constante de la población a la oferta de paraísos artificiales de consumo, la promesa de vidas fáciles situadas al alcance de los ojos en imágenes publicitarias que se derraman a raudales y la creación de necesidades voraces que no se sacian, pero que sí necesitan proteger de aquellos que consideran que les van a rapar sus privilegios. 

Un retroceso en la llamada sociedad de bienestar en la que no hay nada más
mísero que recurrir a lo básico del ser humano, que fue lo que hicieron los políticos del Brexit y también Trump en los Estados Unidos.  Hablarle a aquel cerebro donde está la información del ser más primitivo que se lleva dentro: el de la territorialidad, el salvaje que defiende sus espacios de la agresión de tribus desconocidas porque no ha podido reconocer al otro como a su igual, y tampoco ir lo suficientemente lejos para saber que más allá de sus límites existen otros mundos, que pueden ser tan ricos y generosos como el suyo propio. Y nada más primitivo y límbico que darse golpes en el pecho para celebrar la muerte del contrario, la preservación del espacio propio y las audacias del jefe de la tribu. Una ceguera entendible en los inicios de la humanidad, pero no en el ahora de esta aldea que llamamos tierra.

Salva de este corazón oscuro, saber que al mismo tiempo existen aquellos –que también se cuentan por millones– que están convencidos de que esta civilización sí tiene una oportunidad sobre la tierra y se empeñan a diario en usar su pensamiento, el arma más poderosa que tenemos los humanos, para construir soluciones a las desigualdades de todo género, encontrar formas racionales de explotar la tierra y sus recursos en beneficio de la humanidad –y no de unos pocos– instaurar la justicia y soñar en un mundo en el que impere la equidad.

Son otras voces que nos hablan de otros ámbitos. Ojalá se impongan aquellos en los que florece la bondad del corazón humano, aunque no lo haya escrito el profeta Jeremías.

lunes, 24 de octubre de 2016

No me digas que esto es diferente


Es una mañana de otoño.  El tiempo es gris y los partes metereológicos anuncian lluvia todo el día.  En la radio hablan de Calois, donde está el campamento de refugiados más grande de Europa.  “La jungla” lo llaman.  Antes del amanecer, el gobierno francés inició la evacuación de casi siete mil personas que se instalaron allí a la espera de una oportunidad para llegar al Reino Unido.  El paraíso prometido que está a cuarenta kilómetros, al frente, pasando el Canal de la Mancha. Los llevan a algo más de cuatrocientos refugios dispersos a lo largo y ancho del país. 

La escena se desenvuelve ante la prensa del mundo y es custodiada por cientos de agentes de policía. Gendarmes, los llaman en Francia.  Temen disturbios y por eso han previsto un agente por cada cinco inmigrantes. No menos de setecientos periodistas con sus cámaras, micrófonos, grabadoras y libretas, están presentes para registrar la salida de los autobuses, en los que van hombres, mujeres y niños. Algunos serán familia entre sí. Otros, sólo hermanados por esa hermandad que produce la desgracia compartida.

Calois se queda en Calois y la radio continúa disparando titulares.  Se traslada a Turquía.  La noticia parece un refrito de otra que ya había visto circulando por los medios, hace varios meses.  Refrito pero real.  Ahora es la BBC la que protagoniza.  Esta noche emitirá un documental en el que podrá verse cómo las maquilas de las grandes compañías multinacionales de la moda producen en Turquía pantalones, zapatos, vestidos, camisetas, elaboradas con mano de obra casi esclava (doce horas de trabajo al día, sin protección, cerca de elementos químicos peligrosos, con salarios inferiores a una Libra la hora): la de los refugiados, y sus hijos, muchos niños, y muchos sirios, huidos de la guerra inmisericorde que destroza su país.

Se lo escuché hace muchos años a José Saramago, quizá hasta lo leí.  Si Europa no va a África, África vendrá a ella.  Y es lo que está pasando.  Sirios, afganos, subsaharianos, sudaneses, yemenitas, iraquíes, y de no sé cuántas nacionalidades más, buscan llegar a las puertas que Europa se empeña en cerrar a cal y canto. Lo intentan por al menos tres rutas, bien conocidas por las mafias que venden la oportunidad de llegar al sueño dorado: 

La de los Balcanes que la Unión Europea cree haber conjurado este año con el acuerdo suscrito con Erdogan, el presidente-dictador, mediante el cual Europa devuelve a Turquía a todos los inmigrantes que lleguen por esa ruta al tiempo que cierra los ojos a las flagrantes violaciones a la democracia que acomete a diario Erdogan.  La central del Mediterráneo, que une a Libia con Italia, aquella que ha sembrado el mar de cadáveres, los de los náufragos, y que este año contabiliza a la fecha 3654 muertos según la Organización Internacional para las Migraciones. Y la que pasa por Marruecos para llegar a España a través de Ceuta y Melilla. “Doce kilómetros de alambres, cuchillas y mallas para contener el sueño europeo” como lo tituló el Diario.es.

El día continúa lluvioso, tal y como se anunciaba y yo releo a Mary Berg, una mujer, judía y polaca, que sobrevivió al gueto de Varsovia y que escribió un diario durante cuatro años, entre 1939 y 1944. Un día a día que nos pone en contacto con las miserias humanas, de todos los lados, aún las de las víctimas, y también los pequeños heroísmos que nos hacen grandes.

La releo porque recuerdo el postfacio que escribió el editor para contar qué había sido de ella.  En 1995, a sus setenta y un años, luego de una vida de silencio, un editor se puso en contacto con Mary para proponerle una reedición de su diario.  Cito textual lo que cuenta: “Berg respondió con amargura: “En lugar de continuar exprimiendo el holocausto judío debe reducírselo a sus límites”(…) “No hacer diferencia con todos los holocaustos que están teniendo lugar ahora en Bosnia o ChecheniaNo me digas que esto es diferente”.

No, no digamos que esto es diferente: la guerra Siria, las hambrunas en África, el presidente filipino que incita a matar a sus ciudadanos drogadictos, las fronteras cerradas de Europa, los campos que ahora son de refugiados y las cárceles que se llaman centros de internamiento de refugiados, para no hacer una listado interminable.

Asoma un tímido sol de tarde de lluvia, la vida continúa su ritmo desenfrenado, en Calois se agolpan, lloran, se despiden; en Siria se terminó el alto al fuego; en Barcelona continúan en huelga de hambre los inmigrantes de un centro de internamiento; en Madrid esperan que los visite un funcionario; en Melilla se preparan para saltar la valla.   Entretanto, muchos de miles se arrellanan en sus sillones para ver televisión y fijarse en especial en : “Los triángulos amorosos que nos hicieron sufrir en la tele”, como titulaba hoy una noticia en yahoo.

martes, 18 de octubre de 2016

Civilización en tránsito


Cuando respondo a quiénes me preguntan qué hago, lo expreso en verbos:  pensar, amar, leer, escribir, caminar, cocinar, viajar, conversar.  Son apenas ocho y me resumen.  Esta mañana me detuve en el pensar.  ¿Qué es lo que hay que pensar? ¿Qué es lo que pienso? ¿Qué debería ser lo que pensáramos? Me planteé las preguntas porque es invariable que al detenerme en la vorágine del mundo que estamos viviendo, no importa dónde, me digo siempre: Tenemos que pensar, es necesario generar pensamiento, necesitamos más seres pensando, me alegro que tal o cual persona sea una pensadora.

Hablo de un pensamiento que se remonte más allá de los temas que inducen los grandes medios de comunicación –cuya propiedad se concentra cada vez más–; que no sólo imponen la llamada agenda informativa sino también qué pensar, qué desear, cómo ser.  Medios que, como una gran orquesta, resuenan veinticuatro horas cada día, en todos los idiomas y en todas las geografías; encantadores de serpientes que adormecen a su audiencia y dejan su consciencia hipnotizada.

Una orquesta que, de manera paradójica, necesitamos porque la información es parte esencial de la vida humana, pero  en la que tan importante como recibirla es saber valorarla, priorizarla y decantarla para quedarse sólo con la suficiente y necesaria que permita entrar en el silencio y pensar; una tarea que debe ser de todos, que no sólo corresponde a aquellos que llevan la etiqueta de intelectuales y pensadores, de sabios y creadores.   Tan humana, tan propia, tan individual, como que el pensamiento es el que nos separa de nuestros primos cercanos los primates.  Entonces ¿por qué no pensar si nos es tan propio?

Pensar , por ejemplo, lo que se está evidenciando desde distintos ámbitos: que ésta civilización tal y como va tiene poco tiempo, que estamos agotando el planeta y sus recursos, que si la población actual, de siete mil millones de personas, consumiera lo que consume un ciudadano medio de un país desarrollado necesitaríamos cuatro planetas para mantenerla. *

Pensar que estamos habitando un planeta que se hizo global porque en cuestión de segundos podemos conocer lo que sucede en las antípodas y eso cambia la manera de percibirnos, pero también porque en él se impone una agenda económica que ha ido creando y perfecciona mientras escribo el  imperio de los mercados por encima de las personas, aunque una tercera parte de la población mundial viva bajo índices de pobreza y el cambio climático este siendo inatajable.  Imperio ciego y sin futuro que sacrifica en sus altares las vidas de los nuevos esclavos –los de la economía– y ofrenda la supervivencia misma del planeta.

Pensar para encontrar nuevos rumbos, alternativas a este sistema que naufraga y hunde con él a la actual civilización. Pensar dedicándole todo el tiempo, pero con urgencia, antes de que el planeta –al que aún le quedan millones de años antes de su extinción– decida sacudirse y quitarse de encima la plaga que lo azota.

* En la últimas cuatro décadas la población mundial se duplicó.  Citando a la BBC, el educador Ken Robinson dice que los recursos actuales, consumiendo al ritmo de un ciudadano medio de la India, alcanzarían sólo para quince mil millones de personas, es decir son limitados.  Wade Davis, etnógrafo canadiense, dice que si el total de la  población mundial tuviera acceso a lo que se consume sólo en occidente al 2100 se necesitarían cuatro planetas iguales para abastecer a la tierra.

viernes, 7 de octubre de 2016

Las pulsaciones del mal


“Tal vez el mal esté profundamente arraigado en el hombre”.
Anise Postel-Vinay

El epígrafe de este blog lo escribió el año pasado Anise, una francesa de 94 años, hecha prisionera por los nazis al hacer parte de la resistencia durante la segunda guerra mundial y recluida en el campo de concentración de Ravensbrück, en Alemania, muy cerca de Berlín.

Las reflexiones le surgen cuándo repasa lo sucedido durante el exterminio nazi, la negación de muchos a creerlo, la posibilidad de que se repita y el que hubiera transcurrido ante los ojos del mundo.  “Tengo la impresión de que la gente no quería ver”, concluye.

Terminé de leer las 105 páginas de su libro tres días después del plebiscito en el que el No derrotó a la paz en Colombia.  Cerré las páginas de Vivir, así se llama el libro, y pensé que Anise tiene razón.  Detrás de las ambiciones políticas de quienes se lanzaron a una campaña en contra de la vida, de sus egos heridos porque sentían quedarse fuera de la historia, de sus razones sin razón, hay algo más: el mal. 

El mal que no tiene entidad, como lo presentan las películas, que no es un demonio al que se expulsa con un exorcismo, pero que existe y deja oler su hálito a través de personas que lo encarnan como Hitler, que lo sofisticó hasta convertirlo en maquinaria de muerte y destrucción que se llevó por delante millones de vidas, distorsionó millones de conciencias que odiaron, aplaudieron y se nutrieron en su peste, y cegó a otros tantos que dijeron no haber visto nada, cuando todo sucedía ante su vista.

El mismo mal que está aposentado en Colombia y cuyas pulsaciones se sienten a través de hombres como Uribe y como Ordóñez que recorrieron el país incendiándolo con sus palabras y envenenándolo con sus mentiras, sembrando odios para recoger tempestades, que son las que les gusta. 

No tuve que esperar mucho para que los hechos me dieran la razón.  El jueves 6, el gerente de la Campaña del No  –también de apellidos Uribe y Vélez– salió a reconocerlo, por ingenuo dicen, pero estoy convencida de que fue por triunfalista. Su estrategia era mentir, engañar, indignar pero no indignar que es un verbo potente que habla de reaccionar cuando se va en contra de la dignidad del ser sino más bien instigar los más bajos y rastreros sentimientos.  Los que incitan a pagar muerte con muerte en un desangre interminable. Esos que se leen en los comentarios de los lectores en las publicaciones como el que reprodujo la columnista Leila Guerriero en El País: “La gente se arrodilla ante los mismos que los asesinaron. En vez de cogerlos a plomo limpio, como si a esos mal nacidos criminales les importara un culo su dolor y sus lágrimas”.

La estrategia que reveló Uribe no es nueva.  Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, la uso para enceguecer una nación en contra de una raza y todos sabemos lo que pasó. Lo mismo se hizo en Colombia, se recurrió al odio para impedir que se le pusiera fin a una guerra de más de medio siglo.  ¿Por qué?  No hay explicación.  El acuerdo con la guerrilla de las Farc no es perfecto, pero sí posible y lo saben los del No que al día siguiente salieron a decir que querían la misma paz, pero con ellos montados en el carro.  Aún así me niego a creer que se trate sólo de ambiciones políticas.  Existe el mal y el domingo 2 de octubre lo que en realidad pasó es que se le pudo tomar el pulso.

PD.  Espero que con el Nobel de la Paz que se le concedió a Juan Manuel Santos los colombianos no nos quedemos con el Nobel y sin la paz.

martes, 4 de octubre de 2016

Entre dos aguas

Escrito el jueves 29 de septiembre


No se puede nadar entre dos aguas o por lo menos no por un tiempo indefinido y eso es lo que le pasó al PSOE que en estos momentos, mientras escribo, enfrenta quizá la peor crisis de su más de cien años de historia.

Los analistas que escucho se centran en el momento, en el hecho que desató la crisis: renunciaron 17 miembros de la ejecutiva y su secretario general se sostiene en que el poder es todavía el suyo.

Discuten la forma, la norma y la interpretación, pero ninguno el fondo.  ¿Cómo es que el PSOE llegó a este momento? ¿Cómo es que el partido al que se le reconoce la modernización de la España postfranquista, la instauración de derechos sociales y el reconocimiento de derechos humanos como el matrimonio homosexual se está hundiendo y, además, en un espectáculo público trasmitido por todos los medios?

Algo estaba pasando, y no habían querido reconocerlo.  La descomposición interna estaba revelada  en las urnas donde en las dos últimas votaciones, porque en un año se ha votado ya dos veces para presidente de gobierno, ha perdido más y más escaños.

Y sí, es cierto lo que ellos afirman, que la militancia, y mucho menos la totalidad de sus  seguidores, no son la dirigencia del partido, pero sí son sus votantes; y estos iniciaron una estampida en cuanto sintieron al partido lejos de los que habían sido sus postulados.

Porque al PSOE, quizá porque ya es centenario, le pasó lo que suele sucedernos a los seres humanos cuando tenemos la fortuna de vivir muchos años.   Que si no nos vigilamos y estamos atentos al acontecer del mundo, tendemos a conservatizarnos.

Y el PSOE perdió su esencia.  Quiso mantener un discurso social de derechos pero comulgó –y se hizo explícito en el segundo gobierno de Zapatero con una política económica que deprime estos derechos y cuyo fin es llevarlos al límite, hasta cercenarlos.  Y las bases que parecen no tener rostro, ni identidad, nos demuestran que no es tan así, que se abren corrientes de pensamiento, de opinión y de decisión, sobre todo cuando las decisiones tomadas las golpean. Y se fueron a otros lares.

Pedro Sánchez, su actual secretario, entrenado en la política, quiso nadar en las mismas aguas, pero le llegó un momento de esos que llaman de verdad –aunque en política las verdades siempre son ambiguas en que tuvo que reconocer, al menos lo dijo en público, que el PSOE debería alinderarse hacia otro lado.

Imposibilitado para sostenerse entre dos aguas, Sánchez eligió por lo menos en el discurso ir hacia la orilla que rescataba los postulados más sociales del partido. Fue Troya. Felipe González se sintió desconocido. Él que empezó a hablar de permitir el gobierno del PP y que contó que en una conversación con Sánchez  habían acordado que se votaría no a la investidura de Rajoy en la primera  votación y se abstendrían en la segunda hizo sentir una vez más la influencia de su voz.  Después de su queja pública contra Sánchez vino la embestida. Renunciaron los 17 miembros de la ejecutiva.  Sánchez quedó sólo y parapetado en unos cuantos que se sostienen, por ahora, a su lado.

Hablan de la debacle del partido. De las posibilidades de una escisión.  De salidas dignas. De puntos meridianos.  Ignoro cuál salida encontrarán. Lo que si sé es que alejarse de los postulados básicos, aquellos que le dan identidad y coherencia a la existencia de un órgano social, como lo es un partido, “conservadurizarse” con los años y traicionar la esencia, tiene consecuencias.


PD. Sin saber cómo se resolverá esto, aventuro que Sánchez dejará de ser secretario general y que el PSOE permitirá la investidura de Rajoy.



martes, 27 de septiembre de 2016

Ríos de tinta


Ríos de tinta han corrido defendiendo el sí y el no para la paz, pero son de tinta y no de sangre. Cuánto dolor y cuánta muerte nos habríamos ahorrado los colombianos si los cambios que el país necesita los hubiésemos buscado por la vía de la palabra, el debate y el pensamiento, y no por las armas. Cuántas muertes menos si en vez de empecinarnos en la guerra hubiéramos optado por buscar salidas dialogadas como esta que está llegando a buen término con la firma del acuerdo ayer en Cartagena, porque aún le falta arribar al último puerto: la voluntad de que queremos vivir en  paz, expresada en las urnas en el plebiscito del próximo domingo.

Y conjugo en plural, y me incluyo en los unos y en los otros, aunque nunca empuñé un arma distinta a la máquina de escribir para buscar el país que llevo soñando toda la vida. Me incluyo porque esa guerra que se ha librado en los campos y en los montes, en las selvas y en las carreteras, en las poblaciones alejadas y en las cercanas, en los extramuros de las ciudades y en sus calles, en su cordones de marginalidad y en sus clubes, me ha tocado como ha tocado a los cuarenta y ocho millones de personas que habitamos el país. A cientos de miles de ellos como víctimas directas e indirectas y a millones, que somos más, como espectadores tímidos y asustados, con el miedo atenazándonos el alma, preguntándonos cuándo nos iban a llamar al frente para asignarnos un papel de primera fila que pagaríamos con la vida, la propia o la de los nuestros.

Mientras estos escenarios se desenvolvían frente a nuestros ojos, con la mirada velada para no verlos bien, porque imposible soportar tanta muerte junta, tantos desaparecidos, tantos desplazados de sus tierras, de su casa, de su parentela, se nos iban cambiando los sueños y distorsionando los deseos.  Matar se convirtió en un verbo fácil.  No son pocos los testimonios que he recogido de niños que quisieron ser grandes para matar a quienes les hicieron huérfanos, y esos perpetradores de la muerte eran de todos los espectros con lo cual lo único que se avizoraba hacia el futuro era una matazón todavía más grande.  Matar que es también vengar y odiar y vivir envenenado.

Y ahora, luego de un proceso intrincado, largo, que muchas veces sentimos haciendo aguas y otras estancado, tenemos, en virtud de un plebiscito pactado como parte de este acuerdo final, la posibilidad única de decidir si queremos vivir en paz o si elegimos la guerra. Si le ponemos punto final al desangre ocasionado por el enfrentamiento con las Farc (queda aún el ELN) o si nos empecinamos en la muerte.  Una opción que siendo de vida, y la vida es vital, puesto que es lo único que de verdad tenemos, sería para cualquier pueblo sumergido en la devastación motivo de alegría y de celebración.  Pero en Colombia no. 

Leo en las encuestas que aún hoy, a cinco días del plebiscito, de cada cien personas con posibilidad de elegir hay treinta y siete que le dicen no al proceso.  Treinta y siete que confirman lo que escribía dos párrafos adelante. Este medio siglo nos ha distorsionado los sueños y los deseos. Nos ha puesto a soñar con muertos y a querer vivir en medio de la muerte, nos ha esculpido adentro que la ley es la del talión, que los ojos se pagan con los ojos, y los dientes con los dientes; nos ha hecho creer que son mejores los ríos de sangre que los de tinta y que es mucho mejor si esa sangre derramada es la de los otros y no la propia.  Un país macabro que quiere anteponerse al de la vida.  Ojalá ese país empiece a desvanecerse el próximo domingo.

martes, 5 de julio de 2016

Decisiones responsables


El 24 de julio fue un viernes destinado a no olvidarse ni en la vieja Europa ni en la joven América.  Europa conoció con las primeras luces del día el veredicto de los habitantes del Reino Unido en las urnas: querían irse de la Unión Europea después de haber apostado por ella desde 1973, como uno de los socios fundadores de la Comunidad Europea, precursora de la actual.  En la joven América, que despierta unas horas más tarde, el sol salió para alumbrar un acontecimiento de esperanza: el anuncio del fin del conflicto en Colombia con las Farc, la guerrilla más antigua del continente. 

No se necesitaron más de veinticuatro horas para que en el Reino Unido empezaran a escucharse las voces de descontento por lo que había pasado: los viejos decidieron por los jóvenes, muchos reconocieron ante las cámaras de televisión que votaron por la salida sólo porque tenían rabia, tampoco sabían cuáles eran las consecuencias reales de su decisión.  Que los europeos no querían sus teteras inglesas y que la Unión les imponía el tamaño de los plátanos y de los pepinos que se comían, habían sido para muchos razones expuestas por los políticos suficientes para ir a las urnas a decir que se querían ir.  Votaron también en contra de los inmigrantes, pero votaron especialmente contra estos allí donde no los hay.  

En Colombia ni siquiera se había llegado al momento del anuncio del fin del conflicto cuando ya le habían salido enemigos al proceso. Voces apocalípticas como las de Álvaro Uribe Vélez y Alejandro Ordóñez se relevan para anunciar todos los males juntos, fuego eterno piden para un país que se desangra desde hace más de medio siglo en una de sus guerras internas, la de las Farc contra el establecimiento.  Más fuego claman, a sabiendas de que este es un proceso que recién empieza y que pese al desarme y desmovilización de una de las guerrillas, aún nos queda otra, la del ELN; y que, junto a la paz con las guerrillas, tenemos que trabajar por la paz social que implica guerra, eso sí, guerra feroz contra la corrupción, contra las bandas criminales, contra las desigualdades que campean y que son las principales generadoras de este país que vivimos.

Uribe y Ordóñez anuncian el fin del mundo porque tienen intereses propios y mezquinos, tantos como los de Cameron que se comprometió a un referendo para salvar un problema propio e interno en su partido y los de Boris Johnson, exalcalde de Londres, con pretensiones de primer ministro.  Cameron que quería pasar a la historia, va a pasar pero no como lo soñaba;  menos de seis horas después del resultado en las urnas hizo pública su dimisión a partir de octubre, reconocimiento explícito de su fracaso, y Johnson, que en su afán de poder no había calculado lo que se vendría, retiró su nombre de la lista de aspirantes a primer ministro.

Ahora los ciudadanos del Reino Unido, es decir de Escocia, Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra, recogen firmas por Internet o se manifiestan en las calles para pedir un nuevo referéndum que reverse el del 23 de julio.  Quieren regresar a la Unión  de la que aún no se han ido (el proceso dura dos años)– unos porque no querían irse desde el principio  y otros porque han descubierto que actuaron engañados por los anuncios mentirosos de políticos populistas.

En Colombia vamos a ir a un plebiscito para refrendar la paz con las Farc.  Y leo cómo, de manera peligrosa, en esta lucha de polarización que vive el país, incitada de manera abierta por hombres como Uribe y Ordóñez –que en el colmo del cinismo llaman a la resistencia civil contra el fin del conflicto, es decir, contra el fin de las muertes y las masacres en los campos colombianos, contra el fin de las violaciones de mujeres y hombres, contra el fin de los desaparecidos y de los desplazados y de los falsos positivos pretenden volver el plebiscito un referéndum de aceptación a Santos o a Uribe.

No, los colombianos no vamos a ir a las urnas a votar por ellos. Vamos a ir a decir que queremos y nos merecemos vivir un país en el que no haya miedo de caminar por sus campos, de navegar por sus ríos, de cultivar sus tierras, de disfrutar sus ciudades.  Que votamos la paz porque queremos conocer qué es eso de morir de viejos y no de bala, o de bomba; que queremos vivir un país donde sus presupuestos y nuestros impuestos estén destinados a la salud, a la educación, a la infraestructura, y no a la guerra y a sus acólitos, que serían los únicos que seguirían ganando si se impusiera el no a la paz, porque a todos los otros nos seguirían quedando los muertos, como hasta ahora, y las heridas en el corazón.

Ojalá que votemos Sí, no sólo en los campos y en las geografías heridas sino también en las capitales y el corazón andino, el que está más lejos de la guerra, para que al día siguiente del plebiscito no amanezcamos como tantos ingleses, asustados de su voto, amedrentados por las consecuencias que no pensaron, queriendo devolverse porque votaron engañados.




  




miércoles, 22 de junio de 2016

Lo que aprendí

De una carta a María José, 
mi sobrina.

 
Ahora que se está cerrando tu semestre académico, me puse a pensar en lo que estudiaste, lo que me compartiste, lo que aprendiste tú, lo que aprendí yo y en aquello que, sabiéndolo, no tenía tan claro.

Me parece que fue un semestre básico porque puso los cimientos de lo que será tu análisis del mundo contemporáneo, que es en el que vivimos, y te dio herramientas necesarias para su interpretación.

En primer lugar, fue fundamental encontrar el momento en que se separa lo político de lo eclesial, al menos en la teoría, impulsado por personas como Martín Lutero y Nicolás Maquiavelo. El uno, porque sentía que el corazón de la iglesia estaba corrupto, el otro porque quería señalar a su príncipe cuáles podían ser las mejores razones y estrategias para gobernar.

Luego vino el tema de la libertad en los estados.  Locke y Hobbes.  Interesantísimo porqué se remiten a una pregunta fundamental:  ¿Somos los hombres capaces de gobernarnos a nosotros mismos de manera individual y, al mismo tiempo, vivir en sociedad, o necesitamos algo que nos organice?  La respuesta de los dos es que necesitamos un contrato social, pero la manera como la resuelven da lugar a lo que ha sido la experiencia de la organización de los estados en el mundo.

Hobbes, el absolutista, es, a mí entender, el pilar no sólo de las monarquías absolutas, sino de todos los regímenes que  concentran el poder en uno solo, no importa de qué orilla se encuentren.  En esos absolutismos se pueden leer desde las dictaduras del cono sur, hasta la experiencia comunista en la antigua Unión Soviética y los países del este de Europa, sin dejar a un lado los más de cincuenta años de poder absoluto de Castro en Cuba, aunque hayan razones que nos permitan entender qué lo llevó a ese extremo.

Locke, el liberal, en términos políticos, no económicos, nos pone en el camino del ensayo de la democracia, esta que intentamos construir, de una manera social, que es imperfecta, y que necesita fortalecerse en tiempos en que el poder económico parecería querer devolver el mundo al absolutismo, no ya de un soberano o de un dictador, sino al de las finanzas y los mercados.  Un absolutismo en el que la riqueza se concentra en unos pocos, además sin rostro, porque para ejercer su poder contarían con sus transnacionales, entes sin corazón, sin preguntas, sin ética y sin moral.  Fácil además porque se parapetan detrás de siglas y logo símbolos. ¿O es que alguien conoce la cara del dueño de Coca-Cola, de Nestlé, de Bayer, de Monsanto?

Y para cerrar, excepcional, el texto de Lenin defendiendo la dictadura del proletariado, paso previo al estado comunista puro.  Excepcional porque la práctica dijo que esto no se realizó.  Que la experiencia fue la de la dictadura del partido, lo cual nos lleva otra vez a los absolutismos, y me devuelve a mí, personalmente, a la idea de que lo que tenemos que defender, ante todo, es la construcción de democracias en las que haya esfuerzos concentrados en la educación y el pensamiento de sus integrantes, única manera de que esta se perfeccione.   Serán democracias cada vez mejores si quienes eligen, ejercen, al tiempo, un pensamiento ilustrado, analítico, crítico y cargado de futuro.

Para cerrar, les dejo el enlace de 
un artículo de María José.


http://librepensador.uexternado.edu.co/brasil-la-democracia-a-prueba/

 

lunes, 13 de junio de 2016

Querida Mary:*


Que la palabra sostiene, mantiene, tiende puentes, anuda amistades y construye vínculos lo vivenciamos tú y yo, luego de cuatro decenios de llamadas telefónicas, de cartas cruzadas, cuando todavía se usaban, de conversaciones frente a frente, en las escasas veces en que coincidimos, de intercambios de e-mails, cuando los inventaron, de encuentros por Skype y de mensajes de Messenger.

Por la magia de la palabra supimos siempre la una de la otra, estuvimos al tanto de nuestros aconteceres, repasamos las vidas de nuestras familias y participamos de sus acontecimientos; por esa magia vivimos nuestra amistad, aún sin vernos, como si cada día compartiéramos el café, de manera que en cada encuentro nunca fue sorpresa los cambios que se generaban en nosotras con los años.


Que la palabra bien dosificada ayuda en la construcción de realidades lo sabíamos las dos por nuestro trabajo, pero que no por eso las cambia, también lo constatamos. Tu enfermedad no mejoró porque yo lo verbalizara, así las dos nos asiéramos a la carga de futuro que les poníamos.
 

Que la palabra revela y nos revela lo supe cuando volví atrás, leí las decenas de mensajes que intercambiamos en los últimos diecinueve meses y descubrí que mis apreciaciones sobre el cáncer que te comía estaban llenas de esperanza, una esperanza verdadera, yo que suelo mantenerla como postura intelectual para vencer el pesimismo que se impone.


Tú me contabas, día a día, cita a cita, quimio tras quimio, radio tras radio, lo que ibas padeciendo, y yo me empecinaba en creer que después de ello habría curación.  En enero pasado estaba preparada para que me dijeras que habías pasado con nota sobresaliente el último examen a tu cuerpo y que los médicos te daban de alta con una nota aclamada. En lugar de eso tuviste que escribirme de metástasis en los pulmones y en las costillas. 


Entonces, te escribí: “Imagino que tendrás temores, ataques de miedo a momentos y también desánimo en otras ocasiones, pero has avanzado cada día, cada paso con esperanza y alegría y es importante que puedas continuar en esta tónica.  Por ti y porque la vida, esto inasible y efímero, es , al fin y al cabo, lo único que tenemos y lo único que con certeza conocemos. Todavía no hemos podido agendar nuestro año pero te prometo que nos veremos en Medellín, ahora que no podrás venir tan pronto como yo contaba”


¡Y nos vimos en abril! ¡Y pudimos celebrar juntas tu cumpleaños! Y yo disfruté viendo que comías con gusto, que te reías contando anécdotas que te hice recordar de cuando investigabas para la escritura de un libro, que la palabra te seguía siendo fácil y la risa y la sonrisa permanentes. Pasaste abril, y mayo hasta el último día, pero no más.  La muerte, que venía disfrazada de enfermedad,  venció porque al principio estaba Dios y la palabra era Dios, pero al final está la muerte que ya no admite a las palabras. 
 

Por eso ahora, querida Mary, siento que no hay nada más triste que llamar a un teléfono donde no vas a contestar, que abrir un correo que tiene tu nombre pero al que no puedo escribir, que encontrar tu nombre en el Skype sin que pueda marcarte… Tengo las palabras, pero tú ya no estás.

*Mary Correa, Colombia. 1958-2016. Periodista y Docente. Coautora de Tierra de desterrados.