viernes, 11 de marzo de 2016

La cuestión del Estado

María José, mi sobrina, que va a la universidad, me comparte muchos de los textos que lee para sus clases, lo cual es una fortuna para mí.  Tengo así la excusa perfecta para participar de lejos de su formación y para mantener el pensamiento aceitado, con engrases distintos a los de la literatura que son los que más elijo. Hace unas semanas me pasó El Estado y la Revolución de Lenin.  Días antes me había mandado una entrevista a Noam Chomsky. 

El argumento central de la obra de Lenin, alimentada en textos de Marx y Engels, es el de la desaparición del Estado, como fuerza represora de la sociedad capitalista, para dar paso a un nuevo mundo de seres libres, felices y sin estado, en palabras simples.  Un mundo en el cual cada quien recibiría lo suyo en función de sus necesidades y retornaría a la sociedad según sus capacidades.  Un sueño que para realizarse necesitaría pasar al menos por un estadio, el de la dictadura del proletariado; oportunidad histórica que se dio en la extinta Unión Soviética, luego del triunfo de la revolución bolchevique, con las consecuencias conocidas. Un régimen totalitario, burocrático y genocida con Stalin, conservando lo de totalitario y burocrático para los que le siguieron.

En la entrevista a Chomsky encontré una afirmación que me recordó a Norman Mailer, escritor estadounidense como el mismo Chomsky, cuando dijo que el último presidente con poder para un gobierno real en ese país había sido Jimmy Carter.  Dice Chomsky:  “El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, (las negritas son mías)  con dos facciones, demócratas y republicanos”.

Fue entonces cuando pensé en la cuestión del Estado, “ese poder nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella”, como lo definió Engels.  Me llama poderosamente la atención que cuando se trata de contar con grandes masas al servicio de un ideario político y económico, ideologías opuestas como lo son el comunismo y el capitalismo en su máxima expresión que es este neoliberalismo salvaje, que pretende devorarnos ambas se metan con la existencia de los estados.

El comunismo lo planteó en su teoría política e inició el ensayo fallido de la extinción del estado en lo que fue la URSS.  El neoliberalismo, sin que lo haya puesto en textos sesudos como los de Lenin, lo está ejecutando desde hace decenios cuando empezó a propalarse la idea de que los estados con sus entes burocráticos retardaba el crecimiento de los pueblos.  Estados más pequeños y más eficientes reza el postulado;  y, no lo explicita, pero también más débiles.

Empezó a imperar entonces la idea de que es necesario contar con estados más livianos en los que su clase política se centre sólo en gobernar y deje en manos de los privados las tareas que en su voracidad capitalista se consideran no esenciales:  administrar los recursos naturales, el agua y la energía, la educación, la salud, las empresas de servicios públicos, etcétera.

Entretanto, mientras se privatiza “lo no esencial”, la idea de la política como el gobierno de la polis de la ciudad para buscar el bien común– va sufriendo una distorsión en la que se asume como trabajo y acceso al poder, y no como servicio.  La política ejercida como profesión, y no como vocación, con el resultado final de que pone a los gobiernos al servicio de los negocios y de las empresas.

¿Y dónde queda el Estado? ¿Cómo orientamos “ese poder nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella”?  ¿Dejamos, como sociedad que somos, que desaparezca para convertirnos al final en simples empleados de mega corporaciones mundiales e interplanetarias? ¿Relegamos a esos entes sin cabeza ni corazón nuestro poder individual, que sumado da poder social? O ¿rescatamos este poder para fortalecer instituciones jurídicas y políticas, en cada uno de los territorios y poblaciones que forman un estado, de manera que tengamos gobiernos organizados, fortalecidos y representativos de una sociedad que se quiere justa, equilibrada, activa y participante?

No puedo dejar de pensar que si el Estado tiene tantos enemigos es porque muy seguramente es la mejor forma de organización que conocemos y la democracia, aunque imperfecta, la mejor manera de llevarlo adelante.  Y para mejorar la democracia lo que se necesita es educación para que las personas vivan y actúen en consciencia y participación para que se hagan sentir en los organismos que las representan.  Los seres que piensan, y se piensan, siempre serán más libres.



miércoles, 24 de febrero de 2016

No es sólo anécdota


El proceso es sutil, pero continuo.  Sucede frente a nuestras narices, pero no parecemos darnos cuenta.  Un día empecé a escuchar con reiteración la palabra “marca” pronunciada, muy especialmente, por los políticos que la usan para hablar de la imagen del país, sobre todo, en el exterior. Hasta ese momento las marcas que conocía eran las de los productos en los mercados.  Una marca es un distintivo, que diferencia un bien o servicio, para que nadie lo confunda con otro. ¿Será posible que terminemos confundiendo Indonesia con España? Una marca, además, se registra, para que los competidores no se apropien de ella: ¿Habrá otro país que quiera llamarse España?

Dejé las cosas así para no decir que le estaba buscando cinco patas al gato, pero otro día al entrar en el Metro de Madrid para dirigirme al centro me encontré de buenas a primeras con el hecho cumplido de que Sol, la estación que el mismo Metro califica de emblemática en su página web, (está en el corazón de Madrid, tiene salida al kilómetro cero de España y además hace parte de la línea uno, la primera que tuvo la ciudad en 1919), ya no se llamaba Sol. ¡Ahora era Vodafone Sol!

Tomé nota, y no quise volver al tema, hasta otra mañana en la que en la radio empezaron a hablar de un evento en el Barclaycard Center. ¿Pero acaso el Barclays no es un banco?¿Sería que los banqueros ingleses invirtieron en crear un centro de convenciones o algo similar  en la capital de España? Tuve que poner mucha atención para descubrir que se referían al Palacio de los Deportes construido en 1960 y reconstruido en 2001, luego de un incendio, y con el mismo nombre, ¡hasta que un día amaneció cambiado y en inglés!

La cuestión no es anecdótica, ni lo que sucede aquí es aislado. Es más profunda de lo que parece. Refiere a ese mundo que se está haciendo ante nosotros, con o sin nuestra colaboración, y al que unos pocos los que quieren ser sus dueños y en quienes se está concentrando la riqueza del planeta– están empeñados en convertir en un gigantesco supermercado donde todo se vende y todo se compra, ¡hasta los nombres!, en hechos que no tienen ninguna gratuidad. Las generaciones que ahora crecen hablarán de “marca” y no de país, de Vodafone y no de Sol, del Barclaycard center y no del palacio de los deportes. 

Nos necesitan sin fronteras para los mercados –las personas continuaremos teniéndolas–, sin particularidades culturales, sin gobiernos, o mejor con gobiernos a su servicio, con libertades recortadas y apenas los derechos necesarios para que produzcamos lo que tenemos que producir para alimentar el sistema, y consumamos todo lo que nos quieran vender; pero eso sí con muchos gerentillos y unos pocos gerentes generales encargados de reportarle a esa junta de accionistas que serán los dueños del planeta. ¿Se ha detenido a pensarlo?...

miércoles, 10 de febrero de 2016

Conquistas todavía frágiles


“Siquiera  existieron esas mujeres porque si no dónde estaríamos”, le dijeron sus dos hijas a mi amiga al salir de la sala de cine donde acababan de ver Sufragistas.  “Entonces estaríamos nosotras dando la pelea”, les respondió ella.  Cierto, pero también muy cierto que la conquista de nuestros plenos derechos y su ejercicio en igualdad de condiciones y consideración sigue siendo una victoria frágil que necesita nuestro empeño a fondo si queremos sostenerla.

Podemos elegir y ser elegidas, nos integramos a la vida laboral, ejercemos nuestros derechos sobre nuestro cuerpo, parimos cuando queremos, y si no queremos no parimos, somos científicas, artistas, profesionales, intelectuales, amas de casa, mujeres de negocios, políticas, dependientas, vendedoras, secretarias, ejercemos mil oficios; todas ellas conquistas más o menos homogéneas en occidente porque lo mismo no puede decirse de las mujeres en oriente, esclavas todavía de los hombres, apoyados en la alienación de la religión.

Tenemos compañeros que se arremangan y acometen con nosotras, o sin nosotras, las tareas del hogar, que disfrutan de las licencias de paternidad, que no tienen miedo de expresar su ternura, que reconocen nuestra inteligencia y que recurren a ella; que saben, como Saramago, que además de los sueños de los hombres es la conversación de las mujeres la que sostiene el mundo.

Es decir, hemos logrado mucho, pero falta aún muchísimo, porque lo que tenemos está en riesgo por el machismo, ese veneno atávico de la especie, como muy bien lo definió esa magnifica persona, escritora y periodista, que fue Silvia Galvis. 

Veneno que fluye y que nos acaba la vida. Son cientos sino miles los feminicidios que se cuentan a diario en todos los puntos del planeta.   En Ciudad Júarez, en México, somos asesinadas en una total impunidad, hasta contar cientos.  En Colombia las estadísticas dicen que cuatro mujeres pierden la vida cada día. En Ecuador más de la mitad de las muertes violentas son de mujeres.  En España sólo en enero hombres embrutecidos le quitaron la vida a ocho mujeres, que fueron sus compañeras.   Y así podría seguir.

Pero no sólo nos ocasiona la muerte física, que es el extremo.  A diario nos enfrentamos a prácticas machistas que buscan causarnos un dolor más profundo que la muerte misma, como son el asesinato de los hijos, las violaciones reiteradas, las humillaciones extremas, cimentadas en la violencia doméstica e intrafamiliar, esa que se ejerce de manera silenciosa, que perpetúa el machismo, y que no siempre sale a la luz.

Y si seguimos recogiendo, de lo más abismal a lo más cotidiano, nos encontramos que para sobresalir las mujeres tenemos que demostrar dos y tres veces más valía que un hombre.  Que en promedio nuestros salarios siempre son menores.  Que no pocas veces en los espacios públicos muchos hombres hacen burla de nosotras, aunque luego lo disfracen, con sorna, de inocentes chistes. Y que en el mundo de los negocios, valga un solo ejemplo,  muchas decisiones se toman en espacios considerados como masculinos; nunca en un costurero, que seguimos tipificando como femenino –minusvalorado por tantoaunque Ítaca se salvó porque Penélope tejió y destejió, protegiendo así el trono.

Y si levantamos la mirada a las vallas publicitarias o a la televisión encontramos que las mujeres seguimos siendo moneda de cambio. Nos ofrecen para vender automóviles, bebidas, fama, prestancia, placer; nos ofrecen porque sí y porque no.

Y peor aún, que entre todo lo que se vende, y se sigue comprando, está la imagen de una mujer a disposición del macho, sin otro objetivo que complacerlo.  Y todavía peor, que muchas de las jóvenes que crecen en estos tiempos idealizan este papel y quieren interpretarlo.

Lo dicho por Silvia Galvis, el machismo es el veneno atávico de la especie, al que no somos inmunes ni siquiera la mujeres que somos sus primeras víctimas y al que tenemos que hallarle una cura.  Son muchos nuestros logros, pero muy frágiles todavía. Tenemos que trabajar y trabajarnos, hombres y mujeres, hasta que se erradique la última gota del veneno y, entonces, la igualdad sea no sólo letra escrita sino letra viva.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El planeta afiebrado


Los cerros del oriente bogotano arden desde hace dos días.  Una nube de humo se extiende desde el centro hasta el occidente de la ciudad. Igual a la que se extendió en diciembre pasado en Asturias y Cantabria, en el norte de España, causada por una oleada de fuegos producto de las altas temperaturas, ¡en pleno invierno!  

A dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, en las cumbres de Los Andes, la ropa de abrigo con que se sale a las calles ha sido sustituida en el día por camisetas playeras. En la noche se vuelve a necesitar de la cobija de lana. 

En diciembre pasado los moscovitas extrañaban su Plaza Roja. No había hielo. No había nieve. Ni un centímetro.  Mientras esto les pasó a ellos, en Estados Unidos, hace apenas diez días, una tormenta de nieve paralizó Nueva York y Washington.

Australia cerró e inició el nuevo año bajo la amenaza de inundaciones diluvianas. En el norte de la isla continente las autoridades alertaron a la población porque los cocodrilos, arrastrados por las lluvias, se acercaban peligrosamente a las zonas habitadas.

Las terrazas de los bares en Madrid, rebosan. Esto parece una primavera, y no un invierno que debería ser gélido.

Son los síntomas de un planeta que padece fiebre, y la fiebre es un síntoma de alerta.  No se trata sólo de fenómenos naturales que deberían conducir a lo largo de miles de millones de años a la tierra a una nueva glaciación.  Y tampoco de un estado mental creado por el fenómeno de que ahora vivamos, gracias a la información, en una aldea global donde lo que sucede en el otro lado del mundo es ajeno sólo si queremos.

Lo saben los científicos que miden estos cambios y también los gobiernos que se comprometieron hace menos de dos meses en París a hacer lo necesario para que de aquí al fin del siglo el planeta no aumente su temperatura en más de dos grados.  Mentiras porque saben que ya aumentó grado y medio.

La tierra está enferma. Necesita con urgencia un antipirético.  Más personas que piensen en su futuro y tomen medidas que no son fáciles.  No es fácil meter en un cubo de agua fría a alguien que arde, pero sí necesario. Algo así es lo que se pide cuando se habla de bajar los frenéticos ritmos de producción, de frenar el consumo desaforado, de cambiar el imperativo de la economía por el de la vida, que es, al fin y al cabo, el imperativo primordial como especie que somos. ¿O esperaremos a que el planeta se agrave y, para salvarse, estornude y con el estornudo expulse al homo sapiens que lo está contaminando?

viernes, 22 de enero de 2016

La distorsión de la conciencia


Estaba escribiendo otro  blog pero escuché en la radio una noticia que me hizo cambiar de tema.  Está a punto de aprobarse el protocolo que se deberá seguir en la ciudad en la que vivo en aquellos días en que la contaminación aumente a escenarios peligrosos.  El plan tiene cuatro fases e incluye reducciones de la velocidad, prohibir el aparcamiento de coches en las zonas del centro, aplicar días de pico y placa ambiental, y, finalmente, prohibir la circulación de vehículos si los niveles rebasan los límites considerados permisibles.  Todo ello bueno y en todo ello de acuerdo.

El remezón vino con la segunda parte de la noticia.  El ayuntamiento se encuentra en conversaciones para que en el Metro, que es un servicio público y de propiedad pública, en los días en que haya restricciones no se cobre el transporte, o, dijeron, al menos no en las horas pico.

¿De manera que para proteger el medio ambiente, es decir, para evitar que en el aire que respiramos haya menos gases nocivos, menos venenos que a la larga repercutirán en la salud y en la vida de cada uno de los que habitamos en esta ciudad, tenemos que pagarle a la gente para que tome consciencia de ello?

¿Por qué? ¿Cuál sería la razón? ¿Suplirles la incomodidad que significa que dejen su coche parqueado por un día y recurran a un trasporte público? ¿Recompensarles porque la medida se tomó para su cuidado? ¿Aminorar el impacto que causa sentir que no se está detrás de un volante?

Esto es lo que yo llamo la distorsión de la consciencia a cambio de un falso bienestar. Distorsión, porque que lo debería ser una reacción espontánea de seres conscientes de sí mismos y del entorno, que es la autoprotección, para la preservación de la especie y del planeta, es bloqueada y forzada sólo a reaccionar mediante estímulos:  pasajes gratuitos en este caso. Y falso bienestar porque esta es una ciudad dotada de un sistema de transporte público eficiente, asequible y al servicio de todos.  A esto se conoce como bienestar.   Lo otro, insistir en sacar el coche, aunque con ello se aumenten los niveles tóxicos en el ambiente es un falso bienestar, además de un acto suicida, así no se vea el cadáver. 

jueves, 14 de enero de 2016

Se llamaba Carmen


No la vi muchas veces, porque era amiga de mi mamá y no mía, pero sus recuerdos permean mi vida desde la temprana infancia hasta ahora, cuando las sienes empiezan a platearse.  En sus inicios debieron ser amigas de barrio y de costura, porque mi mamá cosía, pero muy pronto, todavía no abandonábamos la infancia, ella se fue a vivir en uno de los extremos occidentales donde la Bogotá de lo sesenta se expandía.  Así que cada visita a su casa se convertía para nosotros en paseo de día entero.  Salíamos temprano y volvíamos al caer la tarde.  Debía sucederle a ella algo similar porque durante los decenios que duró la amistad de estas dos mujeres fueron más las charlas telefónicas que las presenciales. 

En sus llamadas debían ponerse al día de la vida de la una y de la otra, y también de la de sus hijos, porque crecí, pasé la juventud y llegué a la adultez con la sensación de que era una persona cercana, aunque nunca la veía.  Lo mismo me pasaba en lo relacionado con su familia y con sus hijos. Y pienso que lo que sucedía en nuestra familia, pasaba en la de ella.  Carmen estaba ahí porque era la amiga de mi mamá. Arcenia debía estar allá, porque era la amiga de la mamá.

La primera que abandonó su larga amistad fue mi mamá, que murió hace ya casi tres años.  Carmen, a quien no veía desde hacia muchos, muchos años, quizá decenios, y cuya salud también se deterioraba, se acercó a la funeraria a saludarnos y a despedir a la amiga.  Me pareció la mujer de siempre, discreta, de pocas palabras, y al mismo tiempo, afable y con una sonrisa tenue, siempre a punto de dibujarse, sin terminar de hacerlo. 

Recuperé esa última imagen que tuve de ella el pasado Día de Reyes cuando recibí un mensaje de mi hermana que me contaba que Carmen había muerto y ese era el día de su funeral.  Sentí, otra vez, su presencia tranquila, siempre presente a través de los años, aunque no la viéramos, gracias a una magia incomparable: la de la amistad.  Esas dos mujeres habían logrado que sus hijos participaran de lo que era de ellas y sólo ellas habían construido.  Un hilo fino que nos vinculaba con afectos sólo conocidos por quienes los han vivido.   Y también pensé en la muerte que se lo lleva todo. Despedir a Carmen fue volver  a despedirme de mi mamá.  Tal vez, despedir a mi mamá fue para sus hijos, empezar a despedir a la suya. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

Postdata al saludo a la bandera


Que en la cumbre del clima en París firmaron y la firma, al final, es vinculante, pero sólo en algunos puntos. Las decisiones sobre los objetivos nacionales de reducción de emisiones se dejan a cada país; 187 ya los entregaron. Ahora hay que hacer lo necesario para que sean algo más que letra, porque si no el planeta marcha directo a la catástrofe.

Los compromisos entrarán en vigor en el 2020.  Hay cinco años para preparar los cambios requeridos. Así que a trabajar. Es tiempo de acciones.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Un saludo a la bandera


En Delhi parece una niebla gris, casi negra.  En Bogotá es una nata que se observa al sur y el occidente. En Madrid una cúpula que aprisiona a la ciudad entre sus gases.  En Santiago de Chile una nube blanca y tóxica, como no dudan en decirlo.

En Ciudad de México abrieron hace unos años los bares de oxígeno, donde en lugar de beber se respira.  Se prueban también en Tokio, en Barcelona y en Nueva York.  Parecen una moda, pero prefiguran algo que va más allá de ello, a tiempo que revelan: vivimos un mundo contaminado.

Ahora no hay que cuidarse de morir ahogado en los mares o en los ríos, sino en las calles.  Hace unas semanas un centro comercial de Austin, Texas, se veía como un gran trasatlántico naufragando entre las lluvias. 

En América del sur el Niño llega y arrasa.  Bajo sus lluvias interminables se derriten cerros, se descuajan montañas y se anegan poblaciones. Mientras allí arrecia, el sudeste asiático languidece de sequía.

Son fenómenos naturales, pero ya no normales.  Cada año se hacen sentir con más fuerza porque sí hay un cambio climático.  Lo saben los habitantes de la República de Kiribati, un archipiélago de Oceanía que puede desaparecer debajo de las aguas porque el nivel del mar sube y amenaza con devorarlos.  Por lo pronto sus aguas saladas contaminan las dulces. 

Todo esto pasa porque hay desarrollo y también explotación inmisericorde del planeta, el único que tenemos, por tanto al que tendríamos que salvar.  La resolución es colectiva y también individual.  La individual pasa por cada uno de nosotros.  La colectiva por quienes nos representan en los gobiernos.  Los mismos que están reunidos en París, lo están hasta mañana, y que regresarán tranquilos a sus países, felicitándose de haber hecho mucho, sin haber hecho casi nada.

En el documento final hay muchas buenas intenciones, pero nada más.
Suprimieron los porcentajes de disminución de emisiones, que son los que de verdad permitían medir el compromiso, y dejaron las fechas para que el planeta no suba más allá de dos grados al final del siglo, cuando en realidad los científicos dicen que ya aumentó en grado y medio su temperatura.

Tampoco ha habido acuerdo con respecto a lo que llaman la descarbonización de la tierra. Por lo pronto seguiremos usando al mismo ritmo la energía derivada de los hidrocarburos.

Además, el acuerdo que se firme este sábado no será vinculante.  Una manera elegante de decir que no pasará de ser un saludo a la bandera porque en el fondo nuestros gobernantes están convencidos –como lo hizo Nueva Zelanda en el resolución en la que expulsó de su territorio al primer refugiado climático del mundo, (un ciudadano de Kiribati que pedía refugió porque la subida del mar amenaza su existencia y la de su familia) de que nada de lo dicho cumple con la definición de “daño grave”.

Piensan tal vez que cuando suceda la hecatombe estarán muertos ¡y qué les importará a ellos si los que la padecen son otros y no ellos mismos, en sus propias pieles! 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Descenso a los infiernos


Encuentro una nota que escribí en mi cuaderno de apuntes el nueve de diciembre de 2011.

“Dante se me aparece en los últimos días.  

Lo menciona  Nuruddin Farah, un escritor Somalí en su novela Eslabones, el descenso a los infiernos en la guerra sin fin que se vive en Somalia.  

Me lo encuentro en Cuadernos de Hiroshima, escrito entre el 63 y 64, de la mano de Kenzaburo Oé que recorre aquella ciudad tratando de comprender lo incomprensible:  que los hombres matemos a los hombres, que lo hagamos siempre, y que para ello usemos armas de destrucción masiva que no solo matan sino que condenan a los sobrevivientes a vivir muriendo, a un infierno anticipado.  

Salta en un parlamento de Medianoche en el  jardín del bien y del mal, una película de Clint Eastwood, que recrea la decadencia y la ambigüedad de la sociedad de Savannah, ciudad del estado de Georgia; y me quedo pensando si, al igual, estaba en Reloj sin manecillas, esa otra novela que describe de forma magistral ese sur estadounidense que seguía siendo profundo, injusto y racista en la primera mitad del siglo veinte y que fue la última que escribió Carson McCullers”.

PD1. Sólo hay que dar una repasada a las noticias del mundo para saber que seguimos enredados en los círculos del infierno, que tan bien describió Dante hace siete siglos.

PD2. Se lo escuché anoche a un autor que escribe para niños y leemos los adultos, el noruego Jostein Gaarder,  el del Mundo de Sofía.  Dijo que entre el pesimismo y el optimismo está la realidad y también la esperanza que es una categoría de lucha.

PD3. No podemos perder la esperanza, que si es lucha, como dice Gaarder, se concreta en compromisos.    

viernes, 27 de noviembre de 2015

Conversación entre mujeres



Las escuché un sábado frente al Pabellón de Cristal en inmediaciones de la Casa de Campo en Madrid. Se sentaron a comer un bocadillo antes de entrar a la feria de creatividad y costura que se realizaba en el recinto:

–Entramos y Ana inmediatamente estaba cansada y él dijo “esto es muy friqui” le contaba la una a la otra.  

Empecé a componerme el cuadro, mientras la voz continuaba. Hablaba de una salida con su marido y sus hijas:

–Busqué un puesto que conocía y compré galletas.  Salieron a comérselas, pero luego… ¡no los encontraba!  Ni disfrutan ellos, ni disfruta uno– remató.

La otra mujer masticaba en silencio, así que siguió su relato:

–Hoy, cuando le dije que venía, me contestó: “¡ah! ¡bueno!, porque así descanso yo”.

–¡No! Te quedas con ellas. Voy sola. ¿Acaso las llevas cuando vas a tus conciertos?

Enmudece un segundo:

–Si cuando las dejo donde mi mamá ¡ni siquiera va por ellas! ¡Tienen que traérselas!

La última afirmación le da impulso a la otra voz:

–¡Y a mí que me dice que qué tanto es lo que hago!  Que salgo todo el fin de semana… ¡Y claro!, vamos a llevar a Juan a las clases de piscina y a las cosas que hay que hacer.

Hace una pausa, tal vez reflexionando, y remata:

–¡Pero si todos los días llego de trabajar a las doce de la noche! ¿Qué hago? …

Me las ingenio para observarlas de reojo.  Deben estar cerca de los cuarenta años.  Muy disímiles. La que por la voz es la madre de dos hijas, es esbelta, lleva botas, pantalón ajustado y buzo de cuello alto. Su acompañante tiende a la gordura y luce ropa ancha.

La madre de las dos niñas continúa:

–En la mañana me levanto temprano, las dejo vestidas y desayunadas antes de irme, y él va y me dice  que llevarlas al colegio lo estresa; pero por qué si a María la lleva a las ocho y Ana sólo entra a las nueve y media… ¡Tiene tiempo de sobra!

Cavila:

–Me dice que se juega la vida todos los días en la rotonda de la esquina, donde siempre se forma un atasco.

Su acompañante produce interjecciones de disentimiento, ella continúa:

–Que llegue más tarde al trabajo y las lleve yo, me dice, ¡pero si tengo que entrar a las ocho!.. Y volver al tiempo en que él trabajaba en la mañana y yo en la tarde, ¡no!, ¡de ninguna manera!, porque va a ser lo de siempre.  Cada vez que le pedía algo me decía: “Que vengo de trabajar, ¡eh¡”.

PD.  En la semana en que se inicia la campaña “16 días de activismo contra la violencia de género” promovida por Naciones Unidas.  Contra todas las violencias ejercidas sobre la mujer… las de las leyes, las de las prácticas, las de las desigualdades en virtud del género.




viernes, 20 de noviembre de 2015

Hay que mirar al cielo


Esta sobre nosotros, arriba, siempre.  Lo entendemos y lo vemos azul y así lo describimos, pero dependiendo de las condiciones atmosféricas, la altitud desde donde lo observemos, la hora,  la luz del sol, el reflejo de la tierra, puede tornarse en muchos colores, de un rosa pálido, a un rojo intenso,  de un verde suave a un verde azulado, puede ser casi blanco o blanco puro, o quizá gris, pero está encima de nosotros y allí sigue y seguirá hasta que de verdad llegue una vez el final de este planeta, pero para ello se necesitaran millones de años, y nosotros, la especie humana, sólo lleva en esta superficie un suspiro, comparado con la edad del globo terráqueo.

Así que con esta certeza, irrefutable, porque está ahí, es con la que deberíamos responder cada vez que lo aciago y, aún peor, lo apocalíptico pareciera devenir sobre nuestras sociedades y nuestras individualidades.  Mirar arriba, mirar el cielo, como los poetas y pensar que desde que la humanidad tiene razón de sí misma de forma periódica ha pensando hallarse ante el final y aún así la vida ha continuado.  

Sigue porque al mismo tiempo en que somos bombardeados por todo tipo de información que se solaza cada vez más en lo que falta que en lo que se tiene–más en la muerte, la guerra, el terrorismo, el hambre, la enfermedad, todo aquello que nos amenaza existen a diario, en todos los lugares del mundo, gestos cotidianos de solidaridad, de justicia, de generosidad, de equilibrio, de amor, que también habría que contar, o al menos, tener los ojos limpios para verlos.  Dejar que lleguen al corazón que es donde decimos que residen los sentimientos y lo entibien, porque si no moriremos de tristeza y de desolación ante lo que parecen escaladas inacabables de la falta de razón y corazón de unos pocos, porque la mayoría, la inmensa mayoría de los siete mil millones de habitantes de la tierra que somos, estoy segura de que somos distintos.

Hay que mirar al cielo.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Para que no te pierdas en el barrio


El título es el de la última novela de Patrick Modiano, el francés que ganó el año pasado el Premio Nobel de Literatura.  Un texto de exploraciones de la memoria en el que un hombre mayor bucea en sus recuerdos para reconstruir, y entender, porque de eso se trata casi siempre, de entenderse a sí mismo o a los otros, hechos desdibujados de su infancia y primera adolescencia. 

“Siempre he estado en el barrio”, la frase, pronunciada por el hombre que atiende un café, le acelera el corazón a Daragane, el personaje adulto de Modiano, que recuerda de pronto que cuando llegó a aquel sitio siendo un niño, la mujer que lo cuidaba le dio una copia de la llave y un papel con el nombre de la calle y el número de la casa donde alquilaban una habitación.  “Si vas a dar un paseo, no te pierdas”.

Y como la literatura se alimenta de la vida, o más bien la literatura es también la vida misma, como el personaje de Modiano me pongo en las calles del barrio en el que vivo desde hace algunos años y encuentro no sin desencanto qué lejos se están quedando aquellos tiempos en los que un café, un bar, la farmacia o la tienda de la esquina eran la referencia a la que siempre podía volverse para encontrar un dato de la memoria, como Daragane. 

Los antiguos establecimientos, aquellos que conservaron las mismas fachadas, el mismo nombre, los mismos dueños o sus sucesores, desaparecen tragados por las nuevas tendencias del comercio y los nuevos no alcanzan a durar un soplo, para ser pronto reemplazados por otros, cuyos nombres nadie podría citar porque no alcanzaron a fijarse en memoria alguna.

En la calle en la que vivo cerró sus puertas antes del verano la galería en la que me cuentan que hace treinta y más años las gentes del barrio iban a comprar frutas, verduras, pescados, embutidos, atendidos siempre por personas igualmente conocidas. “Están cambiando los hábitos de compra. A las nuevas generaciones les gusta las grandes superficies”, me dijo uno de sus dueños, mientras atendía mi último pedido. 

En cinco años he visto desaparecer en las inmediaciones un restaurante en el que sus clientes habituales tomaban un whisky mientras jugaban alguna partida de cartas después de la comida, una mueblería con medio siglo y otra que parecía igual de orgullosa de sus blasones que ya anunció que se cierra, una papelería con servicios de fotocopias y de fax, modernidades a las que se fue sumando con los años, y naufragar a una pastelería cuyos empleados han tenido que recurrir a la protesta para reclamar sus derechos adquiridos por años.

Entretanto han abierto y han cerrado un locutorio, una tienda de zapatos,  otra de ropa, una panadería, tres cafeterías, una peluquería y una tintorería.   Llegaron a su vez como anuncio de los nuevos tiempos dos comercios de “soldiers” unos famosos muñecos de guerra que al parecer son adquiridos sólo por hombres adultos que es a los que veo haciéndoles fila, uno muy exitoso de venta de bicicletas, dos o tres de depilación laser y uno de cápsulas de café.

De manera que si un antiguo habitante del barrio quisiera bucear en su memoria, como Daragane el de Modiano, puede ser que con la dirección en el bolsillo no se pierda, pero lo que sí es seguro es que tampoco reconocería el barrio.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Nayla viaja a Londres


Lo hará a las nueve de esta noche en un vuelo de bajo costo que abordará en Barajas, Madrid, y la depositará dos horas más tarde en Gatwick, uno de los cinco aeropuertos de la capital británica. Nayla no habla inglés pero ya tiene estudiado el plano de la terminal sur y sabe con exactitud cuál es el pasillo y la puerta que la conducirán al sitio donde debe tomar un autobús local para ir hasta la estación Victoria.  Allí la espera su hija, con quien pasará los cuatro días siguientes.

Nayla está tan entusiasmada con su viaje como nerviosa por el desconocimiento del idioma, aunque a priori resolvió el problema.  Durante el vuelo, se agenciará la manera de entablar conversación con personas hispanoparlantes para resolver posibles problemas de entendimiento que tenga al desembarcar. Los ojos le brillan cuando me lo cuenta. Y yo pienso que temeridad no le falta.  La misma que tuvo hace quince años cuando llegó a España con sus dos hijos, pequeños, y otros tantos que le habían encargado.  Antes de ese viaje, su vida se reducía a Bogotá, la ciudad donde vivía, Ibagué la capital de su departamento, y San Luis, el pueblo donde nació. 

En estos años ha visto crecer a sus hijos que ahora mismo buscan la manera de hacerse sitio en la vida.  La niña es hoy una mujer que trabaja en Londres a tiempo que estudia y perfecciona su inglés con el ánimo de ingresar allí a una universidad.  El niño es un joven que hace su primer año de estudios universitarios.  Nada que ver con Nayla que tuvo que ganarse la vida desde muy niña como empleada del servicio doméstico en casas de Ibagué y Bogotá.

Para que esto haya sido posible, Nayla ha tenido que dar muchas batallas personales,  como las que tenemos dar todos, con la diferencia de que el sistema en este lado del mundo funciona más a su favor.  La educación para sus hijos hasta terminar el bachillerato fue pública y gratuita, la orden de alejamiento de un marido maltratador fue expedita y el trabajo no le ha faltado, aunque encontrarlo se ha hecho difícil en un país con un índice de paro superior al veinte por ciento.  Tiene un contrato de medio tiempo con una empresa que presta servicios de limpieza a la seguridad social y siete casas en las que trabaja por horas para limpiarlas. Eso sí, corre mucho.  Aún con ello, a veces, los fines de semana hace y vende empanadas por encargo.

Nayla puede atender tantos trabajos porque cuenta con un sistema de transporte eficiente que le permite desplazarse con prontitud, pagando un abono mensual con un precio fijo, y llegar hasta su casa, ubicada en un municipio que está a trece kilómetros del centro de Madrid.  Vive en un quinto piso y en su vivienda, alquilada, dispone de tres habitaciones, dos baños, cocina, salón comedor y terraza.  Por supuesto, realquila una habitación para ayudarse.

Y esta noche se va  Londres.  Va a visitar el Museo Británico y el de Ciencias Naturales, cuyas entradas son gratuitas; y su hija obtuvo hora por Internet para contemplar la ciudad desde el Sky Garden que tiene bares y restaurantes, que podrían ser vedados para su poder adquisitivo, pero también jardines de acceso libre.
 
Nayla se va a Londres porque vive en un mundo de mayores oportunidades y más equitativo en el acceso a ellas, a pesar de lo cual se sienten pasos de animal grande que intenta hacerle retroceder lo que ha avanzado en derechos y bienestar. Entretanto, en el otro medio mundo sus ciudadanos mueren en el sueño y en el empeño de alcanzar alguna vez Estados equitativos, garantes de los derechos, e impulsores del bienestar general, ¡como los que se están perdiendo!

viernes, 23 de octubre de 2015

La privatización del sol


El sol, como todos los días, saldrá mañana. Pero para unos será gratis y otros tendrán que pagar. Empezó a suceder en España y se aplica a aquellos que generen su propia energía para autoconsumo, como lo es el uso de paneles solares. Lo aprobó así un consejo de ministros el pasado nueve de octubre, después de más de dos años tratando de colarlo.  Pero como todo lo que se inicia se expande, cobijará en cuanto nos descuidemos a todos los españoles y luego a los habitantes de la tierra.

El experimento que se inicia con la aprobación y puesta en vigor del real decreto no es inocente, menos, mucho menos en un mundo que es interdependiente e interconectado.  Es decir que lo que vale en un sitio también puede valer en otro.  La privatización de las empresas del agua fue lo primero.  En algunos países lo han logrado, en otros no, pero lo cierto es que en cuanto puede el capital le manda sus zarpazos.  ¡Qué más que ser los dueños del líquido vital para la existencia humana!  Y todos hemos caído en ello.  Pasaron ya los tiempos en que un vaso de agua no se le negaba a nadie, ahora hay que comprar una botella y la suma de todas las botellas hasta sumar un barril cuesta más que uno de petróleo, inclusive cuando éste estaba por encima de los cien dólares. 

Ahora se trata del sol.  Como todo en la política, cuando hay intereses de fondo,  el real decreto se tramitó con mensaje de urgencia porque se trataba de adoptar “medidas urgentes para garantizar la estabilidad financiera del sistema eléctrico”  como reza un memorando remisorio del proyecto de julio de 2013.  En treinta y dos páginas llenas de tecnicismos, porque el que confunde lleva ventaja, se aplica un impuesto al autoconsumo de energía porque el usuario de la misma, es decir, aquel que instala un panel solar en su casa, valga como ejemplo porque puede haber otras alternativas, “se beneficia del sistema eléctrico aunque no se esté consumiendo”.

El ministro del ramo, que en este país se llama de industria, energía y turismo, defendió el proyecto tratando de poner a todos contra pocos, así que dijo que los que han elegido el autoconsumo “no pagan ni energía, ni peaje, ni impuesto”, como sí pagamos el resto de los usuarios , con lo cual la incitación es directa: “A por ellos”, sin compasión, hasta que las empresas de energía engorden y revienten de tanto ganar y el sol esté privatizado y seamos todos, en este país y en el globo, los que tengamos que pagar los centímetros cuadros de sol que caen sobre nuestras casas o entran por las ventanas o recibimos en los parques. 

Alguien dirá leyéndome que exagero.  Tal vez exageraba también a principios de la llamada crisis cuando miraba con sorpresa como a los países, donde se vivía lo que se conocía como economías de bienestar, llegaban los tecnócratas de organismos financieros mundiales como el Fondo Monetario Internacional a imponerles condiciones ensayadas previamente en los nuestros, con la excusa de que no habíamos llegado todavía al desarrollo. ¡Y ahora aquí también las imponen! ¡Y las hacen cumplir!

jueves, 15 de octubre de 2015

Se vende carne de mujer


Los reparten todos los días, a cualquier hora. Los dejan sobre los parabrisas de los vehículos estacionados en las calles.  El viento tapiza las aceras con ellos cuando los levanta. Ofrecen asiáticas, orientales, españolas, latinas, polacas, rumanas.  Las describen como maduritas, calientes, implicadas. Ofrecen fantasías, masajes y todos los servicios.  Invitan a una copa gratuita y garantizan discreción.  Hay servicios de veinticuatro horas y otros con horarios de oficina, de la once a las veintiuna.  También hacen domicilios y hoteles.  Cuando llegan los nuevos “cargamentos” añaden: “chicas nuevas”.

No tuve que hacer una investigación ni hacerme parte de una organización que luche contra el tráfico de mujeres para saberlo.  Me bastó con salir a pasear a mi perro y retirar los volantes, algunos a todo color, otros simples fotocopias en blanco y negro, de los parabrisas. El máximo trabajo ha sido agacharme para levantarlos del piso.  Tampoco fue en los extramuros.  Ha sido en las calles de mi barrio céntrico, rodeado de oficinas.  Está a la vista de todos, aunque la mayoría prefiera no verlo.  Se vende carne de mujer. 

En España, dicen hoy los medios, son cuarenta y cinco mil las mujeres que se encuentran en estas condiciones y añaden que no saben cuántas de ellas están esclavizadas, aunque aventuran que son más de catorce mil.  No les creo.  La gran mayoría deben serlo.  No me atrevo a negar que pueda existir la vocación de puta, pero debe ser de unas pocas.  Las otras, como lo testimonian aquellas que han podido regresar de ese infierno, llegaron allí empujadas por la pobreza, engañadas por mafias que les ofrecen un paraíso.

Un paraíso al que se arriesgan ante la falta de oportunidades, porque como dijo Sonia Sánchez, una mujer que fue prostituida en su adolescencia en Argentina, y que hoy es una luchadora para que no haya más, “una puta es el resultado de los políticas públicas de todos los gobernantes de este mundo”. Sí, muy cierto, y también de la falta de ejercicio de pensamiento y humanidad de hombres de todas las naciones, de todas las razas, de todas las procedencias, de todo el mundo, que compran y calman sus apetencias más instintivas, más primitivas, incrementando el mercado lucrativo de la venta de carne de mujeres, que crece, según dicen, a un ritmo acelerado.

En esta España, de gente mayor, las quieren jóvenes porque “son prietas” según contaba hoy una investigadora.  “Porque para otra cosa ya la tengo en la casa”, narró que decía el entrevistado.  Tenebrosa afirmación por lo que revela: Un hombre  que hace una vida marital con una mujer a la que desprecia con el mismo desprecio que muestra por las mujeres cuando va de putas. Porque los hombres que van de putas no sólo las desprecian a ellas. Nos desprecian a todas.

Esta semana, en la Guajira colombiana, miembros de la comunidad wayú paralizaron un tren privado que transporta carbón.  El motivo de la protesta indígena fue que un celador de la compañía explotadora sodomizó una burra. Y nosotros, en este mundo que llamamos civilizado, ¿qué tanto estamos dispuestos a hacer como individuos y como colectividad para acabar con el tráfico de mujeres?


*En las jornadas internacionales sobre prostitución y trata de blancas

jueves, 8 de octubre de 2015

Vivir, morir, matar



Entre el nacer y el morir hay una línea que es el vivir.  O como decía Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/Que van a dar a la mar/ Que es el morir”. Se nace y se muere.  Pero hay formas de vivir y también de morir.  No tendría que existir ninguna de matar.

Y deshacerse en la muerte debería ser un hecho natural al que se llega porque el tiempo limitado que le toca a cada uno se agotó, así de simple: el hilo lo cortó la parca azuzada por los años, por la enfermedad, por el accidente inevitable, por decisión propia del sujeto.

Lo que no debería ser es morir porque otros nos mataron .

Quitar la vida es atribuirse el papel de tenebrosos dioses capaces de cegar lo único que realmente es propio a cada uno, la existencia individual.

Estar vivos es, por tanto, nuestro principal valor y del que se desprenden los otros. Libertad, justicia, equidad, igualdad, fraternidad, derechos, no existen sin la vida.

Entonces, si la vida es nuestro principio, el mismo que de manera natural nos conduce a nuestro fin, ¿por qué el ser humano se empeña tanto en el matar, que es su interrupción?

En Colombia, donde las muertos de todas nuestras violencias han sido miles de miles, la antropóloga María Victoria Uribe Alarcón buceando en esos límites de la barbarie ha escrito que para matar los asesinos “animalizan” a sus víctimas. Las convierten, mediante el lenguaje y los gestos, en animales propicios al sacrificio (esta última es palabra mía).  No voy a detenerme aquí en imágenes que no nos dejarían dormir.  Basta citar masacres donde las víctimas fueron asesinadas en el matadero del pueblo.

Su libro se llama Antropología de la inhumanidad y habla de la crueldad de los perpetradores que arrebatan la humanidad a sus víctimas, asumiendo que están frente a un animal,  para poder matarlas sin conciencia, sin dolor, sin arrepentimiento;  para que el crimen no les produzca asco de sí mismos.   
Lo hacen eso sí, pienso yo,  con lo más humano de ellos mismos, de su lado más oscuro, más obsceno, más perverso, y no voy a decir más animal, porque los animales no matan ejerciendo su voluntad.  

Dice también la antropóloga que las personas que realizan el oficio de carniceros, hacen todo lo contrario, “humanizan a los animales que van a sacrificar”.  Lo hacen para poder ejercer “métodos humanitarios”  que les propicien una muerte “con consideración”.

Las reflexiones nacen desde una región del universo, un país, donde llevamos generaciones conociendo a  la muerte en sus expresiones más horrorosas, tantas que deberíamos estar hastiados de ella y de la sangre, y aún así todavía me encuentro con seres humanos, contados en cientos, a quienes les hierve la sangre, hasta que la sangre se vierta, y esta sangre es la de un animal criado y cuidado para ello.

Sucede en Colombia, pero también en España, donde milenios de civilización desaparecen cuando veo correr a masas enardecidas detrás de un toro, animal indefenso y encerrado, para atacarlo hasta matarlo, emascularlo y reclamar el trofeo como parte de la fiesta.
¿Se habrán dado cuenta que ello no tienen nada de civilización y sí de regresión? ¿ Involuciona este viejo mundo?

Madrid, 8 de octubre de 2015

lunes, 7 de septiembre de 2015

Una pequeña maravilla



Se llama Manuela Carmena y el sábado pasado fue investida como alcaldesa de  Madrid.  Tiene 71 años.  Fue juez y magistrada.  Ha escrito dos libros y se jubiló en el 2010.    Aún con todo ello, hasta hace menos de noventa días, era una desconocida en el mundo político español. 

Dicen que los integrantes de Ahora Madrid, donde convergen diferentes movimientos sociales dispuestos a renovar la manera de hacer política, tuvieron que convencerla de dejar sus “Yayos emprendedores”, empresa que comercializa productos que elaboran mujeres presas, para ponerle su cara a los sueños que empezaron a gestarse con la explosión social cuyo epicentro se vivió en la Puerta del Sol de Madrid el 15 de mayo de 2011.

La conocieron por el boca a boca, cuando “Por qué las cosas pueden ser diferentes, reflexiones de una jueza” fue pasando de mano en mano y descubrieron que su autora podría ser la persona que les ayudara a encarar el desafío que se han propuesto:

Renovar Madrid y sus instituciones desde adentro, recuperar la política para el bien común y no para el de unos pocos, convertir en hechos palabras que los políticos de profesión están convirtiendo en palabrería tales como derechos sociales, inclusión, participación, y hasta democracia, en un país donde el presidente del gobierno se ha atrevido a calificar de antidemocrático el que los ciudadanos en las urnas hayan decidido cambiar de gobernantes.

La campaña se veía dura.  Las voces de los desalentados proclamaban a cuatro vientos que ganaría el Partido Popular, el mismo que llevaba casi veinte años gobernando a pesar de los escándalos de corrupción y del evidente detrimento del bienestar de los ciudadanos que vieron en este tiempo el inicio de la privatización de la salud, de la educación, de lo servicios públicos y hasta de nombres emblemáticos de la ciudad vendidos a bancos o multinacionales de las comunicación, como si Madrid estuviera destinada a convertirse en un nuevo “No lugar” en la tierra; esos sitios sin identidad que son iguales en todo el mundo y que no tienen el sabor de lo propio. 

La propaganda de las campañas revalidaba la idea. Vallas, carteles, mítines y publicidad rodante vendían las caras de los candidatos con mayores oportunidades, la del PP la primera, mientras modestos afiches pegados en los postes del alumbrado mostraban a una Manuela, que podría bien ser la de una abuela, con sus arrugas y su bicicleta, la que usa algunas veces para transportarse.  Detrás de ella, los jóvenes que impulsan el cambio que representa Ahora Madrid.

Que la ilusión, las ganas, el convencimiento, la movilización, el boca a boca,  pueden ganar cuando se quiere, se supo la tarde  del domingo 24 de mayo cuando Ahora Madrid obtuvo votos suficientes para tener 20 concejales, los cuales le permitieron a Manuela, con el apoyo del PSOE, convertirse en alcaldesa.

El sábado de la investidura, circulaban por la calle Alcalá ciclistas que habían ido hasta el ayuntamiento a celebrar el cambio.  Una banderita verde ondeaba al viento en una de las bicicletas.  En ella habían escrito:  “Recuperando la ilusión”.

Y es ilusión lo que se vive hoy en Madrid a pesar de las voces del gobierno que dicen que la ciudad cayó en manos de la extrema izquierda, es decir, de una agrupación de personas con sueños que quieren recuperar el equilibrio social, la transparencia en la gestión, la participación ciudadana y la inclusión. 

Un grupo de “extrema” representado por una mujer de conversación fácil y mesurada, que dice que gobernar tiene como esencia escuchar y gestionar; que renunció al carro oficial, al igual que su equipo de gobierno, y al palco en el Teatro Real y que se reúne con los principales banqueros del país para buscar acuerdos sobre cómo solucionar el problema de las personas que pierden su vivienda porque no la pueden pagar, en un país en el que no existe la dación en pago habiendo tenido gobiernos de corte socialista.

La “extrema” de una mujer que cuando llegaron las andanadas, porque están llegando y muchas contra ella y su equipo, sólo dijo que tiene “las espaldas anchas” y reitera que sabe que los cambios le cuestan a la gente.

Por eso pienso que la elección de Manuela Carmena es una pequeña maravilla, un oasis en medio de desiertos en los que los políticos abandonaron hace muchos años la esencia de la política, el bien común, para convertirse en políticos de profesión que representan en primer lugar los intereses propios y luego el de los capitales privados y/o de las grandes transnacionales, dependiendo del lugar del mundo del que estemos hablando. 

Una maravilla que reitera que los grandes cambios se gestan desde lo pequeño y en silencio, y que requieren, en primer lugar, el propio cambio para que haya coherencia.  He buscado datos de la vida de Manuela Carmena y ellos me hacen decir que esta mujer llevaba toda la vida preparándose, sin saberlo, para este momento que incluye, ella que es inclusiva, la gestión de la ciudad, y la recuperación de la ilusión como lo decía la bandera que ondeaba en la bicicleta. 

Marbel Sandoval Ordóñez
Madrid, 19 de junio de 2015