martes, 27 de septiembre de 2016

Ríos de tinta


Ríos de tinta han corrido defendiendo el sí y el no para la paz, pero son de tinta y no de sangre. Cuánto dolor y cuánta muerte nos habríamos ahorrado los colombianos si los cambios que el país necesita los hubiésemos buscado por la vía de la palabra, el debate y el pensamiento, y no por las armas. Cuántas muertes menos si en vez de empecinarnos en la guerra hubiéramos optado por buscar salidas dialogadas como esta que está llegando a buen término con la firma del acuerdo ayer en Cartagena, porque aún le falta arribar al último puerto: la voluntad de que queremos vivir en  paz, expresada en las urnas en el plebiscito del próximo domingo.

Y conjugo en plural, y me incluyo en los unos y en los otros, aunque nunca empuñé un arma distinta a la máquina de escribir para buscar el país que llevo soñando toda la vida. Me incluyo porque esa guerra que se ha librado en los campos y en los montes, en las selvas y en las carreteras, en las poblaciones alejadas y en las cercanas, en los extramuros de las ciudades y en sus calles, en su cordones de marginalidad y en sus clubes, me ha tocado como ha tocado a los cuarenta y ocho millones de personas que habitamos el país. A cientos de miles de ellos como víctimas directas e indirectas y a millones, que somos más, como espectadores tímidos y asustados, con el miedo atenazándonos el alma, preguntándonos cuándo nos iban a llamar al frente para asignarnos un papel de primera fila que pagaríamos con la vida, la propia o la de los nuestros.

Mientras estos escenarios se desenvolvían frente a nuestros ojos, con la mirada velada para no verlos bien, porque imposible soportar tanta muerte junta, tantos desaparecidos, tantos desplazados de sus tierras, de su casa, de su parentela, se nos iban cambiando los sueños y distorsionando los deseos.  Matar se convirtió en un verbo fácil.  No son pocos los testimonios que he recogido de niños que quisieron ser grandes para matar a quienes les hicieron huérfanos, y esos perpetradores de la muerte eran de todos los espectros con lo cual lo único que se avizoraba hacia el futuro era una matazón todavía más grande.  Matar que es también vengar y odiar y vivir envenenado.

Y ahora, luego de un proceso intrincado, largo, que muchas veces sentimos haciendo aguas y otras estancado, tenemos, en virtud de un plebiscito pactado como parte de este acuerdo final, la posibilidad única de decidir si queremos vivir en paz o si elegimos la guerra. Si le ponemos punto final al desangre ocasionado por el enfrentamiento con las Farc (queda aún el ELN) o si nos empecinamos en la muerte.  Una opción que siendo de vida, y la vida es vital, puesto que es lo único que de verdad tenemos, sería para cualquier pueblo sumergido en la devastación motivo de alegría y de celebración.  Pero en Colombia no. 

Leo en las encuestas que aún hoy, a cinco días del plebiscito, de cada cien personas con posibilidad de elegir hay treinta y siete que le dicen no al proceso.  Treinta y siete que confirman lo que escribía dos párrafos adelante. Este medio siglo nos ha distorsionado los sueños y los deseos. Nos ha puesto a soñar con muertos y a querer vivir en medio de la muerte, nos ha esculpido adentro que la ley es la del talión, que los ojos se pagan con los ojos, y los dientes con los dientes; nos ha hecho creer que son mejores los ríos de sangre que los de tinta y que es mucho mejor si esa sangre derramada es la de los otros y no la propia.  Un país macabro que quiere anteponerse al de la vida.  Ojalá ese país empiece a desvanecerse el próximo domingo.

martes, 5 de julio de 2016

Decisiones responsables


El 24 de julio fue un viernes destinado a no olvidarse ni en la vieja Europa ni en la joven América.  Europa conoció con las primeras luces del día el veredicto de los habitantes del Reino Unido en las urnas: querían irse de la Unión Europea después de haber apostado por ella desde 1973, como uno de los socios fundadores de la Comunidad Europea, precursora de la actual.  En la joven América, que despierta unas horas más tarde, el sol salió para alumbrar un acontecimiento de esperanza: el anuncio del fin del conflicto en Colombia con las Farc, la guerrilla más antigua del continente. 

No se necesitaron más de veinticuatro horas para que en el Reino Unido empezaran a escucharse las voces de descontento por lo que había pasado: los viejos decidieron por los jóvenes, muchos reconocieron ante las cámaras de televisión que votaron por la salida sólo porque tenían rabia, tampoco sabían cuáles eran las consecuencias reales de su decisión.  Que los europeos no querían sus teteras inglesas y que la Unión les imponía el tamaño de los plátanos y de los pepinos que se comían, habían sido para muchos razones expuestas por los políticos suficientes para ir a las urnas a decir que se querían ir.  Votaron también en contra de los inmigrantes, pero votaron especialmente contra estos allí donde no los hay.  

En Colombia ni siquiera se había llegado al momento del anuncio del fin del conflicto cuando ya le habían salido enemigos al proceso. Voces apocalípticas como las de Álvaro Uribe Vélez y Alejandro Ordóñez se relevan para anunciar todos los males juntos, fuego eterno piden para un país que se desangra desde hace más de medio siglo en una de sus guerras internas, la de las Farc contra el establecimiento.  Más fuego claman, a sabiendas de que este es un proceso que recién empieza y que pese al desarme y desmovilización de una de las guerrillas, aún nos queda otra, la del ELN; y que, junto a la paz con las guerrillas, tenemos que trabajar por la paz social que implica guerra, eso sí, guerra feroz contra la corrupción, contra las bandas criminales, contra las desigualdades que campean y que son las principales generadoras de este país que vivimos.

Uribe y Ordóñez anuncian el fin del mundo porque tienen intereses propios y mezquinos, tantos como los de Cameron que se comprometió a un referendo para salvar un problema propio e interno en su partido y los de Boris Johnson, exalcalde de Londres, con pretensiones de primer ministro.  Cameron que quería pasar a la historia, va a pasar pero no como lo soñaba;  menos de seis horas después del resultado en las urnas hizo pública su dimisión a partir de octubre, reconocimiento explícito de su fracaso, y Johnson, que en su afán de poder no había calculado lo que se vendría, retiró su nombre de la lista de aspirantes a primer ministro.

Ahora los ciudadanos del Reino Unido, es decir de Escocia, Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra, recogen firmas por Internet o se manifiestan en las calles para pedir un nuevo referéndum que reverse el del 23 de julio.  Quieren regresar a la Unión  de la que aún no se han ido (el proceso dura dos años)– unos porque no querían irse desde el principio  y otros porque han descubierto que actuaron engañados por los anuncios mentirosos de políticos populistas.

En Colombia vamos a ir a un plebiscito para refrendar la paz con las Farc.  Y leo cómo, de manera peligrosa, en esta lucha de polarización que vive el país, incitada de manera abierta por hombres como Uribe y Ordóñez –que en el colmo del cinismo llaman a la resistencia civil contra el fin del conflicto, es decir, contra el fin de las muertes y las masacres en los campos colombianos, contra el fin de las violaciones de mujeres y hombres, contra el fin de los desaparecidos y de los desplazados y de los falsos positivos pretenden volver el plebiscito un referéndum de aceptación a Santos o a Uribe.

No, los colombianos no vamos a ir a las urnas a votar por ellos. Vamos a ir a decir que queremos y nos merecemos vivir un país en el que no haya miedo de caminar por sus campos, de navegar por sus ríos, de cultivar sus tierras, de disfrutar sus ciudades.  Que votamos la paz porque queremos conocer qué es eso de morir de viejos y no de bala, o de bomba; que queremos vivir un país donde sus presupuestos y nuestros impuestos estén destinados a la salud, a la educación, a la infraestructura, y no a la guerra y a sus acólitos, que serían los únicos que seguirían ganando si se impusiera el no a la paz, porque a todos los otros nos seguirían quedando los muertos, como hasta ahora, y las heridas en el corazón.

Ojalá que votemos Sí, no sólo en los campos y en las geografías heridas sino también en las capitales y el corazón andino, el que está más lejos de la guerra, para que al día siguiente del plebiscito no amanezcamos como tantos ingleses, asustados de su voto, amedrentados por las consecuencias que no pensaron, queriendo devolverse porque votaron engañados.




  




miércoles, 22 de junio de 2016

Lo que aprendí

De una carta a María José, 
mi sobrina.

 
Ahora que se está cerrando tu semestre académico, me puse a pensar en lo que estudiaste, lo que me compartiste, lo que aprendiste tú, lo que aprendí yo y en aquello que, sabiéndolo, no tenía tan claro.

Me parece que fue un semestre básico porque puso los cimientos de lo que será tu análisis del mundo contemporáneo, que es en el que vivimos, y te dio herramientas necesarias para su interpretación.

En primer lugar, fue fundamental encontrar el momento en que se separa lo político de lo eclesial, al menos en la teoría, impulsado por personas como Martín Lutero y Nicolás Maquiavelo. El uno, porque sentía que el corazón de la iglesia estaba corrupto, el otro porque quería señalar a su príncipe cuáles podían ser las mejores razones y estrategias para gobernar.

Luego vino el tema de la libertad en los estados.  Locke y Hobbes.  Interesantísimo porqué se remiten a una pregunta fundamental:  ¿Somos los hombres capaces de gobernarnos a nosotros mismos de manera individual y, al mismo tiempo, vivir en sociedad, o necesitamos algo que nos organice?  La respuesta de los dos es que necesitamos un contrato social, pero la manera como la resuelven da lugar a lo que ha sido la experiencia de la organización de los estados en el mundo.

Hobbes, el absolutista, es, a mí entender, el pilar no sólo de las monarquías absolutas, sino de todos los regímenes que  concentran el poder en uno solo, no importa de qué orilla se encuentren.  En esos absolutismos se pueden leer desde las dictaduras del cono sur, hasta la experiencia comunista en la antigua Unión Soviética y los países del este de Europa, sin dejar a un lado los más de cincuenta años de poder absoluto de Castro en Cuba, aunque hayan razones que nos permitan entender qué lo llevó a ese extremo.

Locke, el liberal, en términos políticos, no económicos, nos pone en el camino del ensayo de la democracia, esta que intentamos construir, de una manera social, que es imperfecta, y que necesita fortalecerse en tiempos en que el poder económico parecería querer devolver el mundo al absolutismo, no ya de un soberano o de un dictador, sino al de las finanzas y los mercados.  Un absolutismo en el que la riqueza se concentra en unos pocos, además sin rostro, porque para ejercer su poder contarían con sus transnacionales, entes sin corazón, sin preguntas, sin ética y sin moral.  Fácil además porque se parapetan detrás de siglas y logo símbolos. ¿O es que alguien conoce la cara del dueño de Coca-Cola, de Nestlé, de Bayer, de Monsanto?

Y para cerrar, excepcional, el texto de Lenin defendiendo la dictadura del proletariado, paso previo al estado comunista puro.  Excepcional porque la práctica dijo que esto no se realizó.  Que la experiencia fue la de la dictadura del partido, lo cual nos lleva otra vez a los absolutismos, y me devuelve a mí, personalmente, a la idea de que lo que tenemos que defender, ante todo, es la construcción de democracias en las que haya esfuerzos concentrados en la educación y el pensamiento de sus integrantes, única manera de que esta se perfeccione.   Serán democracias cada vez mejores si quienes eligen, ejercen, al tiempo, un pensamiento ilustrado, analítico, crítico y cargado de futuro.

Para cerrar, les dejo el enlace de 
un artículo de María José.


http://librepensador.uexternado.edu.co/brasil-la-democracia-a-prueba/

 

lunes, 13 de junio de 2016

Querida Mary:*


Que la palabra sostiene, mantiene, tiende puentes, anuda amistades y construye vínculos lo vivenciamos tú y yo, luego de cuatro decenios de llamadas telefónicas, de cartas cruzadas, cuando todavía se usaban, de conversaciones frente a frente, en las escasas veces en que coincidimos, de intercambios de e-mails, cuando los inventaron, de encuentros por Skype y de mensajes de Messenger.

Por la magia de la palabra supimos siempre la una de la otra, estuvimos al tanto de nuestros aconteceres, repasamos las vidas de nuestras familias y participamos de sus acontecimientos; por esa magia vivimos nuestra amistad, aún sin vernos, como si cada día compartiéramos el café, de manera que en cada encuentro nunca fue sorpresa los cambios que se generaban en nosotras con los años.


Que la palabra bien dosificada ayuda en la construcción de realidades lo sabíamos las dos por nuestro trabajo, pero que no por eso las cambia, también lo constatamos. Tu enfermedad no mejoró porque yo lo verbalizara, así las dos nos asiéramos a la carga de futuro que les poníamos.
 

Que la palabra revela y nos revela lo supe cuando volví atrás, leí las decenas de mensajes que intercambiamos en los últimos diecinueve meses y descubrí que mis apreciaciones sobre el cáncer que te comía estaban llenas de esperanza, una esperanza verdadera, yo que suelo mantenerla como postura intelectual para vencer el pesimismo que se impone.


Tú me contabas, día a día, cita a cita, quimio tras quimio, radio tras radio, lo que ibas padeciendo, y yo me empecinaba en creer que después de ello habría curación.  En enero pasado estaba preparada para que me dijeras que habías pasado con nota sobresaliente el último examen a tu cuerpo y que los médicos te daban de alta con una nota aclamada. En lugar de eso tuviste que escribirme de metástasis en los pulmones y en las costillas. 


Entonces, te escribí: “Imagino que tendrás temores, ataques de miedo a momentos y también desánimo en otras ocasiones, pero has avanzado cada día, cada paso con esperanza y alegría y es importante que puedas continuar en esta tónica.  Por ti y porque la vida, esto inasible y efímero, es , al fin y al cabo, lo único que tenemos y lo único que con certeza conocemos. Todavía no hemos podido agendar nuestro año pero te prometo que nos veremos en Medellín, ahora que no podrás venir tan pronto como yo contaba”


¡Y nos vimos en abril! ¡Y pudimos celebrar juntas tu cumpleaños! Y yo disfruté viendo que comías con gusto, que te reías contando anécdotas que te hice recordar de cuando investigabas para la escritura de un libro, que la palabra te seguía siendo fácil y la risa y la sonrisa permanentes. Pasaste abril, y mayo hasta el último día, pero no más.  La muerte, que venía disfrazada de enfermedad,  venció porque al principio estaba Dios y la palabra era Dios, pero al final está la muerte que ya no admite a las palabras. 
 

Por eso ahora, querida Mary, siento que no hay nada más triste que llamar a un teléfono donde no vas a contestar, que abrir un correo que tiene tu nombre pero al que no puedo escribir, que encontrar tu nombre en el Skype sin que pueda marcarte… Tengo las palabras, pero tú ya no estás.

*Mary Correa, Colombia. 1958-2016. Periodista y Docente. Coautora de Tierra de desterrados.

jueves, 26 de mayo de 2016

Conversaciones de sobremesa


En nuestra casa desayunamos escuchando la radio que, titular a titular, va imponiendo la agenda informativa del día. Invariablemente, mientras los escucho, pienso qué lejos me siento de  aquellas clases de periodismo en que, recurriendo a los teóricos, se citaban los elementos que convertían a un hecho en noticia.   La agenda la imponen los medios, siempre lo han hecho, pero cada vez más de acuerdo con sus propios intereses y siempre más lejanos de lo que conocemos por objetividad, que se está convirtiendo apenas en una falacia.

Hace apenas una semana escuchaba cómo ese día, con gran alarma, se hablaba del crecimiento de la deuda pública española.  La alarma se generó por un toque de la Unión Europea.  Contempla imponer una multa adicional a España, también a Portugal, por no haber cumplido su compromiso en la reducción de la misma.

Los periodistas y comentaristas convirtieron el tema en el del día –con la misma audacia en que al siguiente lo sepultaron, cambiándolo por otro, igual o más escabroso – así que desayunada y subida en la máquina elíptica, donde acompaño con ejercicio físico el del pensamiento, no pude más que sonreír con ironía frente al cinismo de los medios.  ¡Hablaban del crecimiento de la deuda como si hubiera sido el descubrimiento del día, cuando es un hecho que ésta ha venido creciendo y duplicándose año a año de una manera vertiginosa!  Tanto ha crecido que ya sobrepasa el ciento por ciento del Producto Interno Bruto del país, y las cifras no son nuevas, ya eran conocidas.

A la hora del almuerzo, retomamos el tema.  Esa tarde, como siempre, en una conversación que es nutrida, volvimos al titular del día para reenfocarlo no sólo en el engaño de la presentación sino en el engaño en que parecemos empeñados en vivir, tal vez para no darnos tan duro con la realidad, o, peor, porque queremos vivir en ella, pero aislados de ella.  O, nos dijimos, ¿no sería preocupante para la economía de cualquier hogar que el ciento por ciento de sus ingresos en un año no alcazaran a cubrir lo que debe? Y para empeorar ¿que además lo fueran a multar por el atraso en el cubrimiento de su deuda?

Pienso que sí.  Como creo que debería haber más conversaciones de sobremesa en las que los temas trascendieran del fútbol y la amenidades de la vida, o las amenazas de la cotidianidad simple, para subir un escalón más que nos permita descifrar el sistema en el que vivimos porque sólo conociéndolo, podremos modificarlo.

Un sistema que se replica siempre a sí mismo, como un espejo en una galería de espejos, devolviendo la misma imagen, entre otros asuntos porque los encargados de contarlo apenas tienen palabras para esbozarlo y las que usan no les alcanzan, son pobres en su significado o apenas se replican a sí mismos sin crítica, sin imaginación, sin alcance. 

¿O qué otra cosa se podría pensar cuando el mismo día de la noticia sobre el crecimiento de la deuda pública, otro periodista  (ojo, periodista dando una noticia y no comentarista) calificó de “afirmación apocalíptica” –como si viviéramos en el medioevo–  que el físico Stephen Hawking dijera que Dios no existe?

Quise consolarme y abrí un diario de mi país.  El espejo me devolvió la misma imagen.  La noticia decía que uno de los mayores “consumos” de los colombianos en las aplicaciones tecnológicas (Apps) es el de educación. ¡De manera que hasta la educación, que es ante todo formadora, se está convirtiendo, gracias a la palabra en esta galería de espejos, en apenas un componente de consumo!

lunes, 4 de abril de 2016

Notas de mi diario


Acabo de ver en la pantalla de mi computador algunos de los testimonios –actuados por profesionales– que hacen parte de la campaña #NoMásViolencia, liderada por el Centro de Memoria Histórica en Colombia.  Es un día frío, gris, apenas para acompañar las voces de hombres y mujeres recogidas en muchísimas zonas de la geografía nacional, contando las mil y una formas de una barbarie que parece que no tiene fin, pero sí rostros, dolores, soledades, sufrimientos incontables, heridas imborrables en el cuerpo y en la psique. 
Necesitaremos años de paz y generaciones dispuestas a curar el corazón. 

Me dispongo a escribir mi blog y , entonces, encuentro una nota de mi diario de hace casi cuatro años. La trascribo como otro testimonio más de esa Colombia que muchos, quiero creer que una inmensa mayoría, soñamos distinta, aunque la realidad parezca dibujárnosla de otra manera:

“Septiembre, martes 4, 2012

María Kodama, la viuda de Borges, dice hoy en la primera pagina de El Tiempo que lee poco porque no hay nada nuevo en la literatura. Agotamiento lo llama. Cita a Rubén Darío y a Borges, no habla de García Márquez, que inventó una nueva manera de narrar.   María Kodama lo dice de la literatura, porque la realidad no se agota.  En la misma pagina donde reseñan su opinión publican: 

El ajusticiamiento del jefe guerrillero Grannobles por las FARC, en enero pasado, luego de un juicio revolucionario, según la Corporación Arco Iris. Estaba acusado de borracho, fiestero, putero y perdedor en un combate contra el ELN.   

La saña con la que desconocidos quemaron a María Berenice Martínez, en Santa Bárbara, Antioquia, acusándola de brujería, como si estuviéramos en el medioevo.  Las pruebas eran los testimonios de adolescentes locas que decían que se les aparecía en sueños, que las miraba y las enfermaba y también las bolsas negras donde María Berenice llevaba al mercado  las artesanías que elaboraba y las cabuyas que usaba como su materia prima de producción. El instigador, un brujo que les aseguro que la manera de acabar con el mal era quemándola.  Y la quemaron, luego de desnudarla en el  patio de su casa campesina, frente a sus seis perros que debieron aullar, ladrar, enloquecerse de dolor, así su vecina mas cercana diga que no vio ni oyó ni olió nada.

Y el asesinato de la reina de la coca, cuando salía de una carnicería en el barrio Belén, en Medellín.  De Griselda Blanco dicen que era insaciable en sus apetitos, sobre todo de sangre y de dinero.  Que mató a uno de sus maridos porque se le torció y quiso apropiarse del negocio, que llamó a uno de sus hijos Michael Corneone, en honor de El Padrino,  que era una institución del delito cuando Pablo Escobar estaba robando carros, y no incursionaba aún en el mundo de la droga, y que conoció el lujo como pocas.  Ahora tenia la apariencia de una abuela de 69 años, después de haber purgado veinte años de cárcel en los EU.  Los últimos ocho que paso con un bajo perfil en Colombia, no la salvaron de las dos balas que la alcanzaron en la cabeza.  Las crónicas dicen que había ordenado la muerte de al menos 250 personas.

Quizá la Kodama tiene razón: se agota la manera de contar porque lo que es la vida la supera con creces”.

PD.  No más violencia es también no más ignorancia, no más delito, no más dinero fácil, no más corrupción, no más impunidad, no más silencio ni más aguante.

viernes, 11 de marzo de 2016

La cuestión del Estado

María José, mi sobrina, que va a la universidad, me comparte muchos de los textos que lee para sus clases, lo cual es una fortuna para mí.  Tengo así la excusa perfecta para participar de lejos de su formación y para mantener el pensamiento aceitado, con engrases distintos a los de la literatura que son los que más elijo. Hace unas semanas me pasó El Estado y la Revolución de Lenin.  Días antes me había mandado una entrevista a Noam Chomsky. 

El argumento central de la obra de Lenin, alimentada en textos de Marx y Engels, es el de la desaparición del Estado, como fuerza represora de la sociedad capitalista, para dar paso a un nuevo mundo de seres libres, felices y sin estado, en palabras simples.  Un mundo en el cual cada quien recibiría lo suyo en función de sus necesidades y retornaría a la sociedad según sus capacidades.  Un sueño que para realizarse necesitaría pasar al menos por un estadio, el de la dictadura del proletariado; oportunidad histórica que se dio en la extinta Unión Soviética, luego del triunfo de la revolución bolchevique, con las consecuencias conocidas. Un régimen totalitario, burocrático y genocida con Stalin, conservando lo de totalitario y burocrático para los que le siguieron.

En la entrevista a Chomsky encontré una afirmación que me recordó a Norman Mailer, escritor estadounidense como el mismo Chomsky, cuando dijo que el último presidente con poder para un gobierno real en ese país había sido Jimmy Carter.  Dice Chomsky:  “El nuestro es un país de un solo partido político, el partido de la empresa y de los negocios, (las negritas son mías)  con dos facciones, demócratas y republicanos”.

Fue entonces cuando pensé en la cuestión del Estado, “ese poder nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella”, como lo definió Engels.  Me llama poderosamente la atención que cuando se trata de contar con grandes masas al servicio de un ideario político y económico, ideologías opuestas como lo son el comunismo y el capitalismo en su máxima expresión que es este neoliberalismo salvaje, que pretende devorarnos ambas se metan con la existencia de los estados.

El comunismo lo planteó en su teoría política e inició el ensayo fallido de la extinción del estado en lo que fue la URSS.  El neoliberalismo, sin que lo haya puesto en textos sesudos como los de Lenin, lo está ejecutando desde hace decenios cuando empezó a propalarse la idea de que los estados con sus entes burocráticos retardaba el crecimiento de los pueblos.  Estados más pequeños y más eficientes reza el postulado;  y, no lo explicita, pero también más débiles.

Empezó a imperar entonces la idea de que es necesario contar con estados más livianos en los que su clase política se centre sólo en gobernar y deje en manos de los privados las tareas que en su voracidad capitalista se consideran no esenciales:  administrar los recursos naturales, el agua y la energía, la educación, la salud, las empresas de servicios públicos, etcétera.

Entretanto, mientras se privatiza “lo no esencial”, la idea de la política como el gobierno de la polis de la ciudad para buscar el bien común– va sufriendo una distorsión en la que se asume como trabajo y acceso al poder, y no como servicio.  La política ejercida como profesión, y no como vocación, con el resultado final de que pone a los gobiernos al servicio de los negocios y de las empresas.

¿Y dónde queda el Estado? ¿Cómo orientamos “ese poder nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella”?  ¿Dejamos, como sociedad que somos, que desaparezca para convertirnos al final en simples empleados de mega corporaciones mundiales e interplanetarias? ¿Relegamos a esos entes sin cabeza ni corazón nuestro poder individual, que sumado da poder social? O ¿rescatamos este poder para fortalecer instituciones jurídicas y políticas, en cada uno de los territorios y poblaciones que forman un estado, de manera que tengamos gobiernos organizados, fortalecidos y representativos de una sociedad que se quiere justa, equilibrada, activa y participante?

No puedo dejar de pensar que si el Estado tiene tantos enemigos es porque muy seguramente es la mejor forma de organización que conocemos y la democracia, aunque imperfecta, la mejor manera de llevarlo adelante.  Y para mejorar la democracia lo que se necesita es educación para que las personas vivan y actúen en consciencia y participación para que se hagan sentir en los organismos que las representan.  Los seres que piensan, y se piensan, siempre serán más libres.



miércoles, 24 de febrero de 2016

No es sólo anécdota


El proceso es sutil, pero continuo.  Sucede frente a nuestras narices, pero no parecemos darnos cuenta.  Un día empecé a escuchar con reiteración la palabra “marca” pronunciada, muy especialmente, por los políticos que la usan para hablar de la imagen del país, sobre todo, en el exterior. Hasta ese momento las marcas que conocía eran las de los productos en los mercados.  Una marca es un distintivo, que diferencia un bien o servicio, para que nadie lo confunda con otro. ¿Será posible que terminemos confundiendo Indonesia con España? Una marca, además, se registra, para que los competidores no se apropien de ella: ¿Habrá otro país que quiera llamarse España?

Dejé las cosas así para no decir que le estaba buscando cinco patas al gato, pero otro día al entrar en el Metro de Madrid para dirigirme al centro me encontré de buenas a primeras con el hecho cumplido de que Sol, la estación que el mismo Metro califica de emblemática en su página web, (está en el corazón de Madrid, tiene salida al kilómetro cero de España y además hace parte de la línea uno, la primera que tuvo la ciudad en 1919), ya no se llamaba Sol. ¡Ahora era Vodafone Sol!

Tomé nota, y no quise volver al tema, hasta otra mañana en la que en la radio empezaron a hablar de un evento en el Barclaycard Center. ¿Pero acaso el Barclays no es un banco?¿Sería que los banqueros ingleses invirtieron en crear un centro de convenciones o algo similar  en la capital de España? Tuve que poner mucha atención para descubrir que se referían al Palacio de los Deportes construido en 1960 y reconstruido en 2001, luego de un incendio, y con el mismo nombre, ¡hasta que un día amaneció cambiado y en inglés!

La cuestión no es anecdótica, ni lo que sucede aquí es aislado. Es más profunda de lo que parece. Refiere a ese mundo que se está haciendo ante nosotros, con o sin nuestra colaboración, y al que unos pocos los que quieren ser sus dueños y en quienes se está concentrando la riqueza del planeta– están empeñados en convertir en un gigantesco supermercado donde todo se vende y todo se compra, ¡hasta los nombres!, en hechos que no tienen ninguna gratuidad. Las generaciones que ahora crecen hablarán de “marca” y no de país, de Vodafone y no de Sol, del Barclaycard center y no del palacio de los deportes. 

Nos necesitan sin fronteras para los mercados –las personas continuaremos teniéndolas–, sin particularidades culturales, sin gobiernos, o mejor con gobiernos a su servicio, con libertades recortadas y apenas los derechos necesarios para que produzcamos lo que tenemos que producir para alimentar el sistema, y consumamos todo lo que nos quieran vender; pero eso sí con muchos gerentillos y unos pocos gerentes generales encargados de reportarle a esa junta de accionistas que serán los dueños del planeta. ¿Se ha detenido a pensarlo?...

miércoles, 10 de febrero de 2016

Conquistas todavía frágiles


“Siquiera  existieron esas mujeres porque si no dónde estaríamos”, le dijeron sus dos hijas a mi amiga al salir de la sala de cine donde acababan de ver Sufragistas.  “Entonces estaríamos nosotras dando la pelea”, les respondió ella.  Cierto, pero también muy cierto que la conquista de nuestros plenos derechos y su ejercicio en igualdad de condiciones y consideración sigue siendo una victoria frágil que necesita nuestro empeño a fondo si queremos sostenerla.

Podemos elegir y ser elegidas, nos integramos a la vida laboral, ejercemos nuestros derechos sobre nuestro cuerpo, parimos cuando queremos, y si no queremos no parimos, somos científicas, artistas, profesionales, intelectuales, amas de casa, mujeres de negocios, políticas, dependientas, vendedoras, secretarias, ejercemos mil oficios; todas ellas conquistas más o menos homogéneas en occidente porque lo mismo no puede decirse de las mujeres en oriente, esclavas todavía de los hombres, apoyados en la alienación de la religión.

Tenemos compañeros que se arremangan y acometen con nosotras, o sin nosotras, las tareas del hogar, que disfrutan de las licencias de paternidad, que no tienen miedo de expresar su ternura, que reconocen nuestra inteligencia y que recurren a ella; que saben, como Saramago, que además de los sueños de los hombres es la conversación de las mujeres la que sostiene el mundo.

Es decir, hemos logrado mucho, pero falta aún muchísimo, porque lo que tenemos está en riesgo por el machismo, ese veneno atávico de la especie, como muy bien lo definió esa magnifica persona, escritora y periodista, que fue Silvia Galvis. 

Veneno que fluye y que nos acaba la vida. Son cientos sino miles los feminicidios que se cuentan a diario en todos los puntos del planeta.   En Ciudad Júarez, en México, somos asesinadas en una total impunidad, hasta contar cientos.  En Colombia las estadísticas dicen que cuatro mujeres pierden la vida cada día. En Ecuador más de la mitad de las muertes violentas son de mujeres.  En España sólo en enero hombres embrutecidos le quitaron la vida a ocho mujeres, que fueron sus compañeras.   Y así podría seguir.

Pero no sólo nos ocasiona la muerte física, que es el extremo.  A diario nos enfrentamos a prácticas machistas que buscan causarnos un dolor más profundo que la muerte misma, como son el asesinato de los hijos, las violaciones reiteradas, las humillaciones extremas, cimentadas en la violencia doméstica e intrafamiliar, esa que se ejerce de manera silenciosa, que perpetúa el machismo, y que no siempre sale a la luz.

Y si seguimos recogiendo, de lo más abismal a lo más cotidiano, nos encontramos que para sobresalir las mujeres tenemos que demostrar dos y tres veces más valía que un hombre.  Que en promedio nuestros salarios siempre son menores.  Que no pocas veces en los espacios públicos muchos hombres hacen burla de nosotras, aunque luego lo disfracen, con sorna, de inocentes chistes. Y que en el mundo de los negocios, valga un solo ejemplo,  muchas decisiones se toman en espacios considerados como masculinos; nunca en un costurero, que seguimos tipificando como femenino –minusvalorado por tantoaunque Ítaca se salvó porque Penélope tejió y destejió, protegiendo así el trono.

Y si levantamos la mirada a las vallas publicitarias o a la televisión encontramos que las mujeres seguimos siendo moneda de cambio. Nos ofrecen para vender automóviles, bebidas, fama, prestancia, placer; nos ofrecen porque sí y porque no.

Y peor aún, que entre todo lo que se vende, y se sigue comprando, está la imagen de una mujer a disposición del macho, sin otro objetivo que complacerlo.  Y todavía peor, que muchas de las jóvenes que crecen en estos tiempos idealizan este papel y quieren interpretarlo.

Lo dicho por Silvia Galvis, el machismo es el veneno atávico de la especie, al que no somos inmunes ni siquiera la mujeres que somos sus primeras víctimas y al que tenemos que hallarle una cura.  Son muchos nuestros logros, pero muy frágiles todavía. Tenemos que trabajar y trabajarnos, hombres y mujeres, hasta que se erradique la última gota del veneno y, entonces, la igualdad sea no sólo letra escrita sino letra viva.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El planeta afiebrado


Los cerros del oriente bogotano arden desde hace dos días.  Una nube de humo se extiende desde el centro hasta el occidente de la ciudad. Igual a la que se extendió en diciembre pasado en Asturias y Cantabria, en el norte de España, causada por una oleada de fuegos producto de las altas temperaturas, ¡en pleno invierno!  

A dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, en las cumbres de Los Andes, la ropa de abrigo con que se sale a las calles ha sido sustituida en el día por camisetas playeras. En la noche se vuelve a necesitar de la cobija de lana. 

En diciembre pasado los moscovitas extrañaban su Plaza Roja. No había hielo. No había nieve. Ni un centímetro.  Mientras esto les pasó a ellos, en Estados Unidos, hace apenas diez días, una tormenta de nieve paralizó Nueva York y Washington.

Australia cerró e inició el nuevo año bajo la amenaza de inundaciones diluvianas. En el norte de la isla continente las autoridades alertaron a la población porque los cocodrilos, arrastrados por las lluvias, se acercaban peligrosamente a las zonas habitadas.

Las terrazas de los bares en Madrid, rebosan. Esto parece una primavera, y no un invierno que debería ser gélido.

Son los síntomas de un planeta que padece fiebre, y la fiebre es un síntoma de alerta.  No se trata sólo de fenómenos naturales que deberían conducir a lo largo de miles de millones de años a la tierra a una nueva glaciación.  Y tampoco de un estado mental creado por el fenómeno de que ahora vivamos, gracias a la información, en una aldea global donde lo que sucede en el otro lado del mundo es ajeno sólo si queremos.

Lo saben los científicos que miden estos cambios y también los gobiernos que se comprometieron hace menos de dos meses en París a hacer lo necesario para que de aquí al fin del siglo el planeta no aumente su temperatura en más de dos grados.  Mentiras porque saben que ya aumentó grado y medio.

La tierra está enferma. Necesita con urgencia un antipirético.  Más personas que piensen en su futuro y tomen medidas que no son fáciles.  No es fácil meter en un cubo de agua fría a alguien que arde, pero sí necesario. Algo así es lo que se pide cuando se habla de bajar los frenéticos ritmos de producción, de frenar el consumo desaforado, de cambiar el imperativo de la economía por el de la vida, que es, al fin y al cabo, el imperativo primordial como especie que somos. ¿O esperaremos a que el planeta se agrave y, para salvarse, estornude y con el estornudo expulse al homo sapiens que lo está contaminando?

viernes, 22 de enero de 2016

La distorsión de la conciencia


Estaba escribiendo otro  blog pero escuché en la radio una noticia que me hizo cambiar de tema.  Está a punto de aprobarse el protocolo que se deberá seguir en la ciudad en la que vivo en aquellos días en que la contaminación aumente a escenarios peligrosos.  El plan tiene cuatro fases e incluye reducciones de la velocidad, prohibir el aparcamiento de coches en las zonas del centro, aplicar días de pico y placa ambiental, y, finalmente, prohibir la circulación de vehículos si los niveles rebasan los límites considerados permisibles.  Todo ello bueno y en todo ello de acuerdo.

El remezón vino con la segunda parte de la noticia.  El ayuntamiento se encuentra en conversaciones para que en el Metro, que es un servicio público y de propiedad pública, en los días en que haya restricciones no se cobre el transporte, o, dijeron, al menos no en las horas pico.

¿De manera que para proteger el medio ambiente, es decir, para evitar que en el aire que respiramos haya menos gases nocivos, menos venenos que a la larga repercutirán en la salud y en la vida de cada uno de los que habitamos en esta ciudad, tenemos que pagarle a la gente para que tome consciencia de ello?

¿Por qué? ¿Cuál sería la razón? ¿Suplirles la incomodidad que significa que dejen su coche parqueado por un día y recurran a un trasporte público? ¿Recompensarles porque la medida se tomó para su cuidado? ¿Aminorar el impacto que causa sentir que no se está detrás de un volante?

Esto es lo que yo llamo la distorsión de la consciencia a cambio de un falso bienestar. Distorsión, porque que lo debería ser una reacción espontánea de seres conscientes de sí mismos y del entorno, que es la autoprotección, para la preservación de la especie y del planeta, es bloqueada y forzada sólo a reaccionar mediante estímulos:  pasajes gratuitos en este caso. Y falso bienestar porque esta es una ciudad dotada de un sistema de transporte público eficiente, asequible y al servicio de todos.  A esto se conoce como bienestar.   Lo otro, insistir en sacar el coche, aunque con ello se aumenten los niveles tóxicos en el ambiente es un falso bienestar, además de un acto suicida, así no se vea el cadáver. 

jueves, 14 de enero de 2016

Se llamaba Carmen


No la vi muchas veces, porque era amiga de mi mamá y no mía, pero sus recuerdos permean mi vida desde la temprana infancia hasta ahora, cuando las sienes empiezan a platearse.  En sus inicios debieron ser amigas de barrio y de costura, porque mi mamá cosía, pero muy pronto, todavía no abandonábamos la infancia, ella se fue a vivir en uno de los extremos occidentales donde la Bogotá de lo sesenta se expandía.  Así que cada visita a su casa se convertía para nosotros en paseo de día entero.  Salíamos temprano y volvíamos al caer la tarde.  Debía sucederle a ella algo similar porque durante los decenios que duró la amistad de estas dos mujeres fueron más las charlas telefónicas que las presenciales. 

En sus llamadas debían ponerse al día de la vida de la una y de la otra, y también de la de sus hijos, porque crecí, pasé la juventud y llegué a la adultez con la sensación de que era una persona cercana, aunque nunca la veía.  Lo mismo me pasaba en lo relacionado con su familia y con sus hijos. Y pienso que lo que sucedía en nuestra familia, pasaba en la de ella.  Carmen estaba ahí porque era la amiga de mi mamá. Arcenia debía estar allá, porque era la amiga de la mamá.

La primera que abandonó su larga amistad fue mi mamá, que murió hace ya casi tres años.  Carmen, a quien no veía desde hacia muchos, muchos años, quizá decenios, y cuya salud también se deterioraba, se acercó a la funeraria a saludarnos y a despedir a la amiga.  Me pareció la mujer de siempre, discreta, de pocas palabras, y al mismo tiempo, afable y con una sonrisa tenue, siempre a punto de dibujarse, sin terminar de hacerlo. 

Recuperé esa última imagen que tuve de ella el pasado Día de Reyes cuando recibí un mensaje de mi hermana que me contaba que Carmen había muerto y ese era el día de su funeral.  Sentí, otra vez, su presencia tranquila, siempre presente a través de los años, aunque no la viéramos, gracias a una magia incomparable: la de la amistad.  Esas dos mujeres habían logrado que sus hijos participaran de lo que era de ellas y sólo ellas habían construido.  Un hilo fino que nos vinculaba con afectos sólo conocidos por quienes los han vivido.   Y también pensé en la muerte que se lo lleva todo. Despedir a Carmen fue volver  a despedirme de mi mamá.  Tal vez, despedir a mi mamá fue para sus hijos, empezar a despedir a la suya. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

Postdata al saludo a la bandera


Que en la cumbre del clima en París firmaron y la firma, al final, es vinculante, pero sólo en algunos puntos. Las decisiones sobre los objetivos nacionales de reducción de emisiones se dejan a cada país; 187 ya los entregaron. Ahora hay que hacer lo necesario para que sean algo más que letra, porque si no el planeta marcha directo a la catástrofe.

Los compromisos entrarán en vigor en el 2020.  Hay cinco años para preparar los cambios requeridos. Así que a trabajar. Es tiempo de acciones.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Un saludo a la bandera


En Delhi parece una niebla gris, casi negra.  En Bogotá es una nata que se observa al sur y el occidente. En Madrid una cúpula que aprisiona a la ciudad entre sus gases.  En Santiago de Chile una nube blanca y tóxica, como no dudan en decirlo.

En Ciudad de México abrieron hace unos años los bares de oxígeno, donde en lugar de beber se respira.  Se prueban también en Tokio, en Barcelona y en Nueva York.  Parecen una moda, pero prefiguran algo que va más allá de ello, a tiempo que revelan: vivimos un mundo contaminado.

Ahora no hay que cuidarse de morir ahogado en los mares o en los ríos, sino en las calles.  Hace unas semanas un centro comercial de Austin, Texas, se veía como un gran trasatlántico naufragando entre las lluvias. 

En América del sur el Niño llega y arrasa.  Bajo sus lluvias interminables se derriten cerros, se descuajan montañas y se anegan poblaciones. Mientras allí arrecia, el sudeste asiático languidece de sequía.

Son fenómenos naturales, pero ya no normales.  Cada año se hacen sentir con más fuerza porque sí hay un cambio climático.  Lo saben los habitantes de la República de Kiribati, un archipiélago de Oceanía que puede desaparecer debajo de las aguas porque el nivel del mar sube y amenaza con devorarlos.  Por lo pronto sus aguas saladas contaminan las dulces. 

Todo esto pasa porque hay desarrollo y también explotación inmisericorde del planeta, el único que tenemos, por tanto al que tendríamos que salvar.  La resolución es colectiva y también individual.  La individual pasa por cada uno de nosotros.  La colectiva por quienes nos representan en los gobiernos.  Los mismos que están reunidos en París, lo están hasta mañana, y que regresarán tranquilos a sus países, felicitándose de haber hecho mucho, sin haber hecho casi nada.

En el documento final hay muchas buenas intenciones, pero nada más.
Suprimieron los porcentajes de disminución de emisiones, que son los que de verdad permitían medir el compromiso, y dejaron las fechas para que el planeta no suba más allá de dos grados al final del siglo, cuando en realidad los científicos dicen que ya aumentó en grado y medio su temperatura.

Tampoco ha habido acuerdo con respecto a lo que llaman la descarbonización de la tierra. Por lo pronto seguiremos usando al mismo ritmo la energía derivada de los hidrocarburos.

Además, el acuerdo que se firme este sábado no será vinculante.  Una manera elegante de decir que no pasará de ser un saludo a la bandera porque en el fondo nuestros gobernantes están convencidos –como lo hizo Nueva Zelanda en el resolución en la que expulsó de su territorio al primer refugiado climático del mundo, (un ciudadano de Kiribati que pedía refugió porque la subida del mar amenaza su existencia y la de su familia) de que nada de lo dicho cumple con la definición de “daño grave”.

Piensan tal vez que cuando suceda la hecatombe estarán muertos ¡y qué les importará a ellos si los que la padecen son otros y no ellos mismos, en sus propias pieles! 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Descenso a los infiernos


Encuentro una nota que escribí en mi cuaderno de apuntes el nueve de diciembre de 2011.

“Dante se me aparece en los últimos días.  

Lo menciona  Nuruddin Farah, un escritor Somalí en su novela Eslabones, el descenso a los infiernos en la guerra sin fin que se vive en Somalia.  

Me lo encuentro en Cuadernos de Hiroshima, escrito entre el 63 y 64, de la mano de Kenzaburo Oé que recorre aquella ciudad tratando de comprender lo incomprensible:  que los hombres matemos a los hombres, que lo hagamos siempre, y que para ello usemos armas de destrucción masiva que no solo matan sino que condenan a los sobrevivientes a vivir muriendo, a un infierno anticipado.  

Salta en un parlamento de Medianoche en el  jardín del bien y del mal, una película de Clint Eastwood, que recrea la decadencia y la ambigüedad de la sociedad de Savannah, ciudad del estado de Georgia; y me quedo pensando si, al igual, estaba en Reloj sin manecillas, esa otra novela que describe de forma magistral ese sur estadounidense que seguía siendo profundo, injusto y racista en la primera mitad del siglo veinte y que fue la última que escribió Carson McCullers”.

PD1. Sólo hay que dar una repasada a las noticias del mundo para saber que seguimos enredados en los círculos del infierno, que tan bien describió Dante hace siete siglos.

PD2. Se lo escuché anoche a un autor que escribe para niños y leemos los adultos, el noruego Jostein Gaarder,  el del Mundo de Sofía.  Dijo que entre el pesimismo y el optimismo está la realidad y también la esperanza que es una categoría de lucha.

PD3. No podemos perder la esperanza, que si es lucha, como dice Gaarder, se concreta en compromisos.    

viernes, 27 de noviembre de 2015

Conversación entre mujeres



Las escuché un sábado frente al Pabellón de Cristal en inmediaciones de la Casa de Campo en Madrid. Se sentaron a comer un bocadillo antes de entrar a la feria de creatividad y costura que se realizaba en el recinto:

–Entramos y Ana inmediatamente estaba cansada y él dijo “esto es muy friqui” le contaba la una a la otra.  

Empecé a componerme el cuadro, mientras la voz continuaba. Hablaba de una salida con su marido y sus hijas:

–Busqué un puesto que conocía y compré galletas.  Salieron a comérselas, pero luego… ¡no los encontraba!  Ni disfrutan ellos, ni disfruta uno– remató.

La otra mujer masticaba en silencio, así que siguió su relato:

–Hoy, cuando le dije que venía, me contestó: “¡ah! ¡bueno!, porque así descanso yo”.

–¡No! Te quedas con ellas. Voy sola. ¿Acaso las llevas cuando vas a tus conciertos?

Enmudece un segundo:

–Si cuando las dejo donde mi mamá ¡ni siquiera va por ellas! ¡Tienen que traérselas!

La última afirmación le da impulso a la otra voz:

–¡Y a mí que me dice que qué tanto es lo que hago!  Que salgo todo el fin de semana… ¡Y claro!, vamos a llevar a Juan a las clases de piscina y a las cosas que hay que hacer.

Hace una pausa, tal vez reflexionando, y remata:

–¡Pero si todos los días llego de trabajar a las doce de la noche! ¿Qué hago? …

Me las ingenio para observarlas de reojo.  Deben estar cerca de los cuarenta años.  Muy disímiles. La que por la voz es la madre de dos hijas, es esbelta, lleva botas, pantalón ajustado y buzo de cuello alto. Su acompañante tiende a la gordura y luce ropa ancha.

La madre de las dos niñas continúa:

–En la mañana me levanto temprano, las dejo vestidas y desayunadas antes de irme, y él va y me dice  que llevarlas al colegio lo estresa; pero por qué si a María la lleva a las ocho y Ana sólo entra a las nueve y media… ¡Tiene tiempo de sobra!

Cavila:

–Me dice que se juega la vida todos los días en la rotonda de la esquina, donde siempre se forma un atasco.

Su acompañante produce interjecciones de disentimiento, ella continúa:

–Que llegue más tarde al trabajo y las lleve yo, me dice, ¡pero si tengo que entrar a las ocho!.. Y volver al tiempo en que él trabajaba en la mañana y yo en la tarde, ¡no!, ¡de ninguna manera!, porque va a ser lo de siempre.  Cada vez que le pedía algo me decía: “Que vengo de trabajar, ¡eh¡”.

PD.  En la semana en que se inicia la campaña “16 días de activismo contra la violencia de género” promovida por Naciones Unidas.  Contra todas las violencias ejercidas sobre la mujer… las de las leyes, las de las prácticas, las de las desigualdades en virtud del género.